viernes, 23 de septiembre de 2011

A un recién nacido, por Luciérnaga errante.

Niño, temo por ti, que no sabes el mundo al que has venido. Que has llegado, tan pequeño e indefenso, apenas a sobrevivir tus primeros días, a un lugar que está, de por más, podrido.


No te quiero desanimar, querido niño, pero no llegaste en buen tiempo, pues hoy es tiempo de desolación. Tiempo de injusticias.


A la par que luchas por tu siguiente respiro, un joven cae muerto con una bala en el pecho, o en el hombro, o en la cabeza. Un joven que un día fue como tú. Que tuvo un cuerpecito, y unos ojos ajenos a la semilla repleta de ira que alguien sembró un día, en un país donde, un dios malhumorado, lo mandó a nacer.


Y ya te ven tus padres con tu mochilota, más grande que tu pequeño tamaño aún, despidiéndote a la entrada de la escuela, cargando en ella diez mil estrellas para colgar muy alto, la cabeza repleta de ensoñaciones y la cantimplora hasta el tope de las más tiernas ilusiones.


Te imaginan como médico o escritor famoso, piensan en tu porvenir con la misma inocencia con la que les arrojas la sonrisa que los deslumbra y los hace olvidar las horas de insomnio que les has causado.


¿Qué mundo vas a heredar? Sin tierra, sin alimento, sin espacio, sin trabajo y sin agua. ¿Vivirás temeroso de salir de tu casa o te enlistarás con los que portan las armas? ¿Reconocerás el valor de la amabilidad, el honor, el respeto y la honestidad, o serán, para entonces, “costumbres de ancianos”, sepultadas en el ataúd del desuso?


Sin embargo, es nuestra naturaleza mantener la esperanza. Y, de corazón, espero que tu paso por la vida no sea accidentado. Que cómo los jóvenes de hoy, encuentres razones para echarte a reír a pesar de la incertidumbre y la adversidad del mañana. Que mantengas, siempre alejados, a la indiferencia y a la ignorancia. Que aprendas a calzar los zapatos del vecino. Que seas, tanto capaz de conmoverte y de ser generoso, como valiente y aguerrido. Que tu huella, sobre esta Tierra, no se marque en vano. ¡Piensa!, ya llevas ventaja, pues ¡qué afortunado!, hoy te sobran besos y juguetes en tu cuna. Escasos niños cuentan con tanta suerte, como escasos son los verdaderos hombres de bien.

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