La vida parece encerrar misterios, pero la verdad es que es simple: uno nace un día para que cualquier otro muera, no hay más. Los humanos somos los que hemos complicado la simple existencia de un ser vivo. Ahí está el resto de los animales, sabios de verdad. Nos aferramos a la vida y sus banalidades. Creemos que debemos vivir al límite porque la vida es corta y así cometemos errores todo el tiempo. No vivimos con dignidad. Peor aún, precipitamos nuestra propia muerte. No somos nada.
-Se puede decir que la conocí, aunque hubiese querido conocerle más; sin embargo lo que tuve de Estelle me basta para quererla toda la vida, pero me quedará siempre la duda de qué hubiera pasado si…- fue lo primero que me vino a la cabeza, pero la anciana me interrumpió –no hable de más, y menos sobre la tumba de Estelle, déjela descansar, ahora sólo debemos procurar estar en paz, facilitarle el camino al cielo, ¿no cree señor…?...- dijo sabiamente la mujer. -Phillip-. La mujer continuó -¿acaso tendría sentido reprocharle a la vida el que no viese más a mi hija viva? No tuve oportunidad de verla viva una vez más. La última vez que la vi con vida fue hace 5 años-. Soltó un grito ahogado y los ojos cansados y repletos de sus párpados abultados se enrojecieron. Lágrimas de verdadero dolor corrieron por sus finas arrugas. Después de algunos instantes, se contuvo y repitió varias veces la palabra “amor” mientras alzaba la cabeza al cielo. Parecería que el rito surtió efecto, pues de inmediato esbozó una sonrisa y se volvió a la tumba de Estelle con un rostro apacible, lleno de amor materno. No había más que decir por mi parte. Sentí que debía partir en ese momento y dejar a la mujer sola, así que di unos pasos hacia atrás y dije –los siento mucho, deseo que pronto encuentre resignación, mis bendiciones para usted señora-. Un silencio helado nos envolvió por unos segundos. -Espere un momento, Phillip Davis, ¿no es acaso ese su nombre?- me preguntó la anciana tomándome con la guardia baja. -¿Cómo lo supo?-. La mujer me extendió una hoja de papel arrancada de un libro. Rápidamente eché un vistazo a la hoja y vi el título de un texto: “Pena de muerte”, firmado por Phillip Davis.
Pena de muerte
Me cortaron las manos y me amarraron la lengua
con palabras de desamor, con palabras afiladas
me hirieron una y otra vez hasta ver que mi valía
se evaporaba por los aires, mis plegarias anegadas
entonces no me hablaron más pues lo que tenía
se derramó en tristeza, se quedó en un “a ver qué pasa”.
Desde aquella tarde te he necesitado más, no por mi invalidez,
no porque necesite quien me dé esperanzas,
no porque necesite tus vientos soplando a mi favor,
no porque mis llagas comienzan a pudrirse,
te necesito simplemente porque te quiero.
Me dieron ausencia, me dieron una celda
en lo más profundo del infierno eterno,
y lo que más me dolió también me escalda
la pluma, la voz, la mirada, tu recuerdo.
Lo tenía todo en una pócima que me llenó de candor,
luego se derramó, se convirtió en elegía, en ruinas,
se fugó con ello la inocencia y un poco de mi amor,
en tu rostro no vi ganas de sanarme, más vi mi suerte
echada por verdad, vi mi pena de muerte.
Hacía un largo tiempo que no había leído aquel poema mío. De inmediato me vino a la mente el recuerdo de aquel momento en el que escribí esas líneas. -La última carta que me envió mi Estelle venía acompañada de esta hoja, que ironía el título; además lo encuentro a usted aquí, ¡vaya casualidad!-. Recordé la carta que había hallado en la casa de Estelle. -Por si fuera poco, hallé la dirección de mi hija, aunque tarde, gracias a una fotografía que me envió mi niña hace algunas semanas. Y ahí estaba usted en el fondo, mirando a la nada. A usted le he reconocido y al hallarlo a usted hallé a mi hija, aunque sin vida-. Me llené tanto de confusión como de tristeza y mi cabeza comenzó a dar vueltas. –Quizá quiera acompañarme a mi casa, si usted estuvo con Estelle los últimos días de su vida dígame qué pasó, se lo pido como madre-. Ante esta suplica no podía negarme, además que sentía las mismas ganas de saber más de la vida de Estelle. -Por supuesto que sí, señora…- dije esperando escuchar el nombre de anciana. -Ana- contestó. Me tomó del brazo y lentamente dejamos el panteón. Algo me decía que el mi vida estaría por cambiar drásticamente. Sentí escalofríos.