viernes, 18 de enero de 2013

Tardes de toros

Carlos A. Cuéllar

I

Tarde de toros
 

Cuatro de la tarde en punto. La gente se apresura a ocupar sus asientos en la plaza de toros "La flor". Es un domingo caluroso de marzo, con un ligero viento que apenas si refrescaba a los agitados asistentes, expectantes por el cartel que se presentaría en unos minutos más. En la gradería de “sol" van tomando sus asientos un pequeño grupo de sombrerudos y una que otra mujer con vestido y tacón alto. Se trata de los más fervientes seguidores, y por lo tanto, la porra del primero de los alternantes, el joven novillero José María "Chema" Salvatierra, quien acabara de triunfar en la fiesta de San Miguel de las Flores hace algunas semanas. Debido a que "Chema" es originario de San Luis Bellavista, pueblo tradicionalmente enemistado con los anfitriones, la gente local ha decidido volcarse a apoyar al segundo espada de la tarde, el también joven, Pablo Díaz Romero "El gallito". La mayoría de los pobladores de San Francisco Buenaventura son gente de campo, y por añadidura son de toros. Desde los más ancianos quienes siguen asistiendo sin falta a las corridas de toros de las fiestas patronales, en honor a San Francisco de Asís, desde luego, hasta los pequeños que saliendo de la plaza juegan a ser toreros. Hasta imitan la suerte principal de la matanza del burel. En la plaza de “La flor” se dan cita los personajes distinguidos de San Francisco Buenaventura. No puede faltar el presidente municipal y uno que otro de sus colaboradores más cercanos, quienes se sientan en primera fila y hasta fuman puro y beben brandy y tequila -discretamente- para que la gente más aventada del pueblo no les grite uno que otro improperio.

-¡Si trabajaras como bebieras cabrón Obdulio!- le gritaron una vez desde lo alto de la plaza al presidente municipal, quien se sonrojaba de inmediato y bajaba el vaso con la bebida de tal manera que no estuviera a la vista del respetable. No faltaban en la plaza las muchachas más bellas del pueblo. Las adineradas, hijas de hacendados y de uno que otro comerciante, ocupaban las primeras filas. A veces acompañadas por los pretendientes o novios, y otras aún escoltadas por el padre y por los hermanos. En el resto de las gradas se encuentran los comunes y corrientes: los peones de las haciendas, los campesinos y los empleados de los trabajadores. Por supuesto que este grupo tan selecto se deleitaba más que nadie en cada tarde de toros. Ya sea lanzando una frase a alguno de los pobres personajes del pueblo o alguno de los toreros y sus cuadrillas. De entre los que se llevaban la peor parte estaban los picadores, los ganaderos y los monosabios, el juez de plaza y por supuesto, los matadores. Los músicos de la plaza tampoco se salvaban de los improperios de los borrachines, pero ya más acostumbrados a la jerga taurina, se limitaban a cumplir con las demandas de los asistentes:

-¡Músicos trompas de hule!-. La gente reía a carcajadas y se divertía más allá del espectáculo que presenciaban en el redondel: en suerte la vida de un hombre, quien arriesgaba en aras del arte, su vida. El enemigo, un precioso animal que con su sola presencia emanaba bravura, casta y fortaleza. Los pitones de incluso el más flaco de los bureles parecen una poderosa arma amenazadora para el envalentonado torero.

Apenas se cumplen cinco minutos después de la hora pactada y ya comienzan a sonar los acordes de la banda de música que acompañan a los toreros y a sus respectivas cuadrillas. Los asistentes aplauden con ánimos a quienes parten plaza haciendo gala de su gallardía y porte. Incluso los regordetes picadores imponen valor cuando van montados a caballo y portando sus puyas.

“El chema” y “El gallito” saludan al respetable. Por un instante sus miradas se cruzan y se miran fijamente. Hay un poco de reto en ella, un poco de respeto también, aunque lo que predomina es la rivalidad que se extendía más allá de la fiesta brava. Amigos en la infancia, los conflictos entre sus pueblos habían terminado por separarlos. Problemas de tierras  y la distribución del agua del río que divide a las dos comunidades la causa principal.

Aquella rivalidad entre los pobladores tomaba presencia con el “mano a mano” de esa tarde. Tanto Pablo como José María sentían que debían jugarse el todo por el todo. Sabían que esta tarde deberían contar con la suerte de su lado, pero también sabían que debían echar el pecho por delante y jugarse la vida ante los astados. Sin embargo, había un ingrediente extra para Pablo. Aquella tarde de domingo, más que ninguna otra, “el gallito” esperaba demostrar todo su valor y arte a una joven que había visto en las últimas semanas, algunas veces en las corridas de toros o en las calles cercanas a la parroquia. Había averiguado por uno de los mozos de la plaza que aquella hermosa muchacha se llamaba Ana. Hija de Don Julián Almanza, un comerciante que había llegado hacía poco más de un año a San Francisco Buenaventura. Su especialidad la siembra del agave, y por lo tanto su negocio tenía cabida en una región tequilera como a la que había llegado. Ana, su tercera hija, lo acompañaba a las corridas de toros. Su belleza llamaba la atención de los pobladores de San Francisco quienes se abstenían de lanzarle piropos porque Don Julián tenía mal carácter y se sabía de su carácter explosivo. Además, el porte de aquel hombre impactaba a cualquiera. Bajo la sombra de su sombrero, apenas se dejaban ver sus pequeños ojos azules. El ceño permanentemente fruncido, la barba “de candado”, ligeramente más largos los bigotes negros y la corpulencia de Don Julián lucían tan amenazantes como alguno de los bureles. Ana por el contrario, tenía siempre un gesto de paz y ternura que conmovía a cualquiera. Tenía el cabello largo hasta media espalda, ligeramente quebrado, lucía como un reflejo perfecto de la luz del sol en el color castaño claro de su melena. Unos finísimos labios apenas coloreados por el rojo carmín, armonizaban con su nariz pequeña y recta. Cuando sonreía, unos orificios se dibujaban en sus mejillas ligeramente rosadas. Su piel parecía como una seda fina, blanca y tersa. Su mirada oculta por unos lentes de sol mantenía la expectativa  sobre su mirada. Pablo se preguntaba a menudo por el color de los ojos de Ana. De cualquier manera, el joven novillero se había enamorado irremediablemente de la recién llegada al pueblo. A pesar de la evidente valentía de Pablo, se sentía más nervioso con la idea de hablar con la chica, que con el duelo frente a los astados. Eso le parecía un buen síntoma. Nunca se había sentido tan atraído a ninguna de las muchachas de la región, y vaya que había tenido oportunidad de salir con varias de ellas. Sin embargo, nunca sintió cómo se le aceleraba el corazón como cuando veía a Ana. Las piernas parecían no obedecerle y el estómago parecía hacerle la gracia de querer darse la vuelta ante la presencia de la hermosa mujer. Pablo, quien desde niño había mostrado cualidades para gustarle a las damas, se sentía intimidado, por primera vez. Sus ojos verdes y profundos se clavaban en el rostro de Ana. Una vez la vio venir en la acera, acompañada del brazo de su padre, y Pablo inmediatamente volteó al aparador de una panadería para ver el reflejo de su cabello oscuro. Pretendía que luciera como a él le gustaba llevarlo, peinado de raya al lado y dirigido cautelosamente hacia su cabeza. Algunos quiebres en sus cabellos más largos le daban un aire bohemio y tierno a la vez. Su piel morena clara, apenas se veía maltratada por una cicatriz cercana a la ceja izquierda, producto de un desencuentro con “tequilero”, un novillo que le había hecho trizas una tarde de agosto. Sería por eso que desde esa tarde, Pablo acostumbraba a llevar una boina negra ladeada a aquel costado herido. Sin embargo aquella tarde en la que se encontró con Ana, no portaba su boina, por lo que sentía cierta inseguridad. A pesar de eso, Pablo se mostró gallardo y decidió pasar junto a la pareja del Padre y la hija. Menuda decepción sintió al darse cuenta de que la muchacha no lo volteó a ver. Ni siquiera sintió el reojo de Ana, ni una ligera intención que le hiciera saber que había llamado la atención de la chica. Frustración que si bien había desanimado a Pablo, no se daría por vencido tan fácilmente.




 
 
 

jueves, 10 de enero de 2013

Mientras dure

Estimados amigos, les comparto la letra y el video de este poema que viene bien es estos días.

  Mientras dure

No me importa mostrarme débil mientras escribo,
Si aún no soy fuerte, ni nunca lo he sido,
No se amar como aquí juegan,
Yo amo con los codos, con el sueño, con la voz,
No tengo objeción en no ser correspondido.

No me importa cuanto vivan mis amores,
Yo amo mientras dura, mientras puedo,
Mientras se vacía el vaso y emprendo mi camino.

Yo no entiendo como aman los humanos,
Por eso estoy aquí contigo, por tu duda,
Por todo lo q no sabes ni averiguas,
Por todo lo q das sin saber siquiera q tuviste.

Amo tus alas, tus vuelos, tus caderas
Donde termina mi noche, mi nostalgia,
No me importa q no entiendas q te amo,
Q dudes y llores, y preguntes y reclames,
Yo te amo.

Mientras dure

Edel Juárez.

http://youtu.be/Z0FoQdyN6WY