El silencio me vino como murmullo de cientos de voces inconexas, frases sin sentido, ruido que me mantiene en silencio. Ha crecido mi mania de no escuchar a las personas, de bloquear mis sentidos ante el insistente ruido vacío. Es por eso que he decicido despedirme del camino inseguro que me prometió el cielo. He decidido asirme a las lágrimas como la única manera de sacar lo que me sobra. Lo que me falta no sé si lo tendré, francamente he perdido las esperanzas; sin embargo, algo espero rescatar de esta condena. Espero que el dolor evapore los demonios de mi interior, aquellos que andan a mi lado como celosos vigilantes de mis días claros y turbios. Uno de ellos me ha desgarrado algunas fibras del corazón, pero por ahí me encontré a alguien que llavaba una vela y me ha suturado y cuidado las heridas. Puso una vela mientras yo dormía, calentó el agua y preparó un té que me reconfortó. Juntó en sus manos luz y cariño y me los dió a sorbos. Pero lo que no sabe es que esto puede volverse una pesadilla. Hay un naufragio junto a mi vida. Nací sin ancla y bajo una marea incesante. Mis zapatos no han conocido un camino plano, un camino sin piedras, un camino sin fango. Traté de mantenerme erguido, de seguir un mapa, de iluminar mis madrugadas
Como único regalo puedo dejar mi vida, triste o amarga, pero vida. Lo que pienso cabe en una caracola, pero no sé en dónde ha quedado después de las incesantes olas. Si puedo decir que he dejado constancia de amor, de ese que no está escrito pero que existe. Que no precisa estar grabado en el tronco de un árbol o en un poema en papel, ni un los bits de una grabación. Me voy pero espero pronto renacer, todos merecemos otra oportunidad.
