viernes, 24 de junio de 2011

Parte V

Parte V

-Bien, puede irse, pero no de aleje demasiado, ¿está bien?- escuchaba decir al detective; sin embargo, yo seguía pensando en Estelle y en todo lo que había ocurrido hacía sólo un día antes. Al llegar a mi casa ya me esperaba media botella de brandy en mi mesa. Me encontraba solo nuevamente, Estelle se me había ido o me la habrían arrancado. Daba igual, no era la primera vez que me había ocurrido en la vida, pero lo que me seguía dando vueltas en la cabeza era que todo había sucedido tan rápido. Mi copa se vació y la llené las veces que fue necesario, no tenía cosa mejor que hacer. El sonido de la música acompañaba a mi tristeza a la perfección: “Etude in E menor” de Chopin. Mi mano vagó lentamente hacia mi pluma, en movimientos automáticos comencé a escribir en el papel amarillento:


El día se me ha vuelto oscuro como aquel destino

de algunos seres que han tenido muy poca fortuna,

ajenos los dioses a sus súplicas nublan su camino,

se divierten desde el cielo, cantan, ríen, y en la premura

de saberse olvidados nos enseñan la tragedia y el dolor

para volvernos hacia ellos y suplicarles una explicación,

mas ellos nos seducen y nos envuelven en el hedor

del invento funesto del hombre triste…la esperanza,

misma que crece como el cáncer y nos da una falsa fortaleza.

 
-No les daré gusto a esos dioses- me repetía una y otra vez mientras deambulaba por mi casa rancia, -algún día volveré a ver a Estelle y ese día arreglaremos cuentas-me decía consolándome. La luz opaca del foco de la habitación complementaba la escena que yo estaba ejecutando a la perfección, rematando el cuadro de la miseria humana. Pero yo siempre he hallado la manera de salirme con la mía, ¡por algo soy poeta! , y los poetas nos nutrimos y creamos a partir de los verdaderos sentimientos, de lo que nace en lo que nos pertenece realmente, nuestra alma, porque ni en la razón se puede confiar, uno nunca la tiene del todo, siempre hay alguien con más razón. Las palabras se refutan y los argumentos que a veces parecen sólidos se pueden volver como la hoja seca de un árbol inmersa en la voluntad del viento. Sin embargo, la voz del poeta se ha transformado en parte del alma, y esa nunca fenece. Resulta curiosa la manera en la que me encontré por vez primera con la poesía, irónicamente estuvo acompañada por la muerte. Tenía como diez años. Uno de mis tíos falleció un día de octubre. Aunque yo no lo había conocido lo suficiente, mis encuentros con él siempre habían sido amables, siempre me pareció un buen tipo aunque muy serio siempre. Algunos de mis primos pequeños merodeaban la casa, impedidos a jugar, sin entender la situación que seguramente les pareció de lo más rara. No se puede entender a la muerte a corta edad; sin embargo si se puede experimentar. En fin, que en un momento de aburrimiento salí por el corredor de la vecindad y al llegar al portón de madera me encontré con un tipo de cabello largo, de unos 30 años, estaba sentado mirando unas hojas, también fumaba. Miré con curiosidad y observé que tenía una botella de licor al lado suyo, volteó sorprendido al verme y me dijo –sólo espero a alguien, no pasa nada-, dobló sus hojas y nerviosamente las guardó dentro de uno de los bolsillos de su chamarra. -¿Qué escribe?- le inquirí súbitamente, -un poema para mi tío, a lo mejor no me conoces pero soy uno de tus primos mayores, el viejo Paul me regaló muchos libros de poesía, por eso le escribo uno ahora-. A partir de ese momento me enganché con la poesía, al principio por curiosidad. –Te recomiendo a Pessoa y a Bukowsky- recuerdo aún sus palabras, aunque no recuerdo nada de su poema, sí recuerdo que me lo mostró. No volví a ver a ese primo, pero pienso que sólo estuvo ahí para abrirme las puertas del mundo de la poesía, en medio de la muerte.

-Pues aprovechemos este momento-, fue lo último que recuerdo haber pensado conscientemente. Pasaron varios días y seguía bebiendo y escribiendo, escuchando música: Grieg, Brahms, Mahler y más Chopin. De repente me di cuenta que debía parar, y me surgió la idea de ir a visitar el sepulcro de Estelle. El corazón me lo reclamaba y mi alma me obligaba a ver el lugar en que descansaba Estelle, o eso me dije a mí mismo. Sabía que a través del bar me enteraría de los detalles del sepelio. Fernand, el cantinero me vio entrar y de inmediato me sirvió un trago, aunque lo rechacé de inmediato para la sorpresa de él y la mía. -Estaba embarazada Phillip- la noticia me cayó tan sorpresivamente que dude si había escuchado bien o pensaba que Fernand se equivocaba acaso, aún así sentí como si me hubiese caído un balde de agua fría, de inmediato bebí el trago de un solo golpe. -¿Qué has dicho?-le pregunté con desconcierto. -Nos hemos enterado por el dictamen de la autopsia, nos lo ha dicho Frank el policía, ese gordo bigotón que viene de vez en cuando a alardear y a chismear- dijo Fernand sigilosamente como cuidándose de que alguien lo oyera. Mientras el cantinero seguía hablando yo me quedé pasmado y después de algún tiempo, no sé cuánto, salí del bar sin decir palabra. Solo recuerdo que Fernand me hablaba, -Phillip, ¿a dónde vas?-.

Al llegar a la tumba me quedé sin palabras, sin pensamientos, sólo estaba ahí, junto a Estelle, -tal vez sea la última vez que venga a verte- pensé sin darme cuenta, así como también comencé a especular un montón de ideas absurdas, todas ellas sobre el futuro que habría tenido de haber vivido Estelle un poco más al menos. Saqué de la bolsa de mi saco uno de los poemas que le había escrito para Estelle, no a ella, si no para la ocasión, ojalá me entiendan. Coloqué la hoja de papel y la coloqué sobre la lápida, la aseguré con uno de los crisantemos que habían sido colocados al lado y que aún se negaba a marchitarse.

-¿Conoció a mi Estelle?- escuché una voz en medio de sollozos. Una mano lánguida y arrugada me tocó el hombro.

jueves, 9 de junio de 2011

Pequeña novela (Intitulada). Parte IV

Parte IV



La vida es misteriosa, lo supe desde muy pequeño. La vida es difícil de comprender, lo supe desde que tuve uso de razón y en aquel momento lo estaba viviendo en carne propia. Con mis manos temblorosas encendí un cigarrillo y comencé a ir y venir por la habitación tratando de que mi mente se aclarase un poco y de que pudiera pensar qué era lo que estaba pasando en ese momento. Sentí nauseas y una sensación de vértigo que nunca había sentido antes, sentía una opresión en el pecho que apenas si podía respirar. Miré a Estelle, con su cuerpo sin vida, marchitándose a poco, pero aún con la belleza terrenal. La quise tener entre mis brazos por última vez; además sabía que su alma probablemente me habría esperado para una despedida. Lo comprobé cuando aún sentí un poco de calor en su cuerpo. –Mi Estelle, querida, me has dejado muy pronto- mi voz se entrecortó y mis aún temblorosas sostenían su cabeza sobre mis rodillas.-¿Qué habría sido de nosotros si…?- pensé, aunque inmediatamente supe la respuesta. Seguramente lo habría echado todo a perder como siempre, la historia de mi vida a final de cuentas. Pasaron por mi tantos y tantos momentos dolorosos de mi vida, grises, en los cuáles la vida la imaginaba como un grandulón abusivo de la escuela que de muy de vez en cuando me esperaba a la vuelta de la esquina para golpearme hasta provocarme casi la muerte, pero siempre me dejaba vivir para que pudiera golpearme nuevamente, y cada vez más cerca de la muerte hasta llegar al punto que deseaba arañar la misma entrada de la oscuridad perpetua antes que soportar más dolor. Tal vez yo soy el que causa tantos problemas –soy como una llamarada que quema y desaparece las cosas, la gente y no deja nada de ellos- me dije. –Hasta siempre mi querida Estelle-, fueron mis últimas palabras. Tomé el frasco que estaba en el buró y vi que estaba vacío, ni una sola pastilla, cuántas pastillas se habrá tomado eso nunca lo sabré. Deambule un largo rato por la habitación tratando de encontrar algo que me diera alguna información sobre esa persona que me estaba dejando, que estaba arrastrándome hacia una muerte lenta. Busqué entre los cajones del buró primero, y después busqué en el escritorio que estaba frente a la cama, abrí el primer cajón y encontré un sobre que tenía escrito -Estelle-. Abrí el sobre y dentro estaba una carta escrita a mano, inmediatamente supe que se trataba de la letra de un hombre. Comencé a leer.


Estelle,


Te quiero, pero debes saber que no te amo. Llegar a esta conclusión no ha sido fácil, pero en vista de nuestra situación prefiero que mantengamos una resistencia pacífica en lugar de una guerra sin cuartel. Tu melancolía me ha abrumado todos estos años, y aunque alguna vez te amé, debes saber que a una persona como tú resulta difícil amarla, simplemente no naciste para el amor Estelle. Cada vez me cuesta más trabajo fingir que puedo ser feliz contigo, cada vez me veo más lejos de tu piel, de tus ansías por sufrir las cosas. Si piensas que esto es cruel, por lo menos debes saber que también ha sido cruel mantenerme en pie mientras tu forma de vivir destrozaba lentamente mi vida. Creo que nunca te entendí, aunque de verdad lo intenté. También pasamos buenos momentos, lo sé, y prefiero conservar esos momentos y mantener el respeto que nos debemos a vivir una vida de mentira. Ya no nos veremos más, aunque si lo deseas podemos platicar de vez en cuando. A final de cuentas eres una mujer fuerte y sé que saldrás adelante sin mí. Aprovecha tu talento y encuentra a quién amar y quién te ame. Siento que las cosas hayan terminado así.


Ruben.


Casi me voy de espaldas, sentí mi cabeza estallar nuevamente. ¿Qué clase de persona haría esto? ¿Qué monstruo habría sido tan cobarde como para mandar una carta a una persona y destrozarla con semejantes palabras? La carta estaba fechada de hacía una semana atrás. A partir de ese momento comenzaba a entender aquella mirada de Estelle en el bar. Seguí buscando entre sus cajones tratando de hallar algún dato de un familiar o persona cercana. No encontré nada por más que busqué de arriba a abaja por toda la casa. Seguía fumando y cada vez me preocupaba más, no por la situación en la que me encontraba, si no porque sentía que una nube de tristeza entraba por cada poro de mi cuerpo y sabía que me orillaría de nuevo por la oscuridad de los pensamientos de suicidio. En aquel momento no parecía una mala idea, acompañaría a Estelle muy pronto y podría entonces preguntarle qué había pasado esa noche. Lloré por mucho rato acostado junto al cuerpo de Estelle, pidiéndole que me despertara de aquella pesadilla, rogándole que terminara con esta mala película de nuestras vidas, a final de cuentas ficción. No, nuestras vidas no podían terminar así, se suponía que debía haberle hecho poesías a aquella mujer que vislumbré perfecta en mi vida, se supone que debía hacer el amor con ella a todas horas, en muchos lugares, de muchas formas, se supone que deberíamos acompañarnos en nuestra soledad y compartir esa melancolía que nos había unido esa noche.


El tiempo siguió su curso implacable, entonces el sonido del teléfono provocó en mí un sobresalto. Dudé en contestar pero pensé que podía ser algún conocido al que le pudiera decir lo que había ocurrido, a sabiendas de que enfrentaría acusaciones en mi contra, sospechoso lo era, sin duda. -Aló- dije con voz dubitativa. -¿Señorita Estelle Lamark? Hablamos de “Laboratorios Clínicos Bernard”- Escuché una voz femenina, -No se encuentra, pero puede dejar recado, habla su hermano- fue lo primero que se me ocurrió. –Los resultados de sus análisis están listos, puede pasar por ellos cuando desee-. -¿De qué análisis se tratará?- me pregunté. Pero eso no era importante así que finalmente decidí llamar a la policía al no encontrar persona alguna a la que le pudiera llamar.


Después de unos minutos llegó la policía, la puerta estaba abierta de tal manera que cuando entraron llevaban sus armas apuntando, en posición de disparar. Me encontraron sentado junto al cuerpo de Estelle, confirmaron su muerte y comenzó la indagatoria. Mientras la patrulla arrancaba veía desaparecer aquella casa lentamente. -Nunca más pasaré por ahí- me repetía a mí mismo. -Hasta siempre, Estelle-.