Parte V
-Bien, puede irse, pero no de aleje demasiado, ¿está bien?- escuchaba decir al detective; sin embargo, yo seguía pensando en Estelle y en todo lo que había ocurrido hacía sólo un día antes. Al llegar a mi casa ya me esperaba media botella de brandy en mi mesa. Me encontraba solo nuevamente, Estelle se me había ido o me la habrían arrancado. Daba igual, no era la primera vez que me había ocurrido en la vida, pero lo que me seguía dando vueltas en la cabeza era que todo había sucedido tan rápido. Mi copa se vació y la llené las veces que fue necesario, no tenía cosa mejor que hacer. El sonido de la música acompañaba a mi tristeza a la perfección: “Etude in E menor” de Chopin. Mi mano vagó lentamente hacia mi pluma, en movimientos automáticos comencé a escribir en el papel amarillento:
El día se me ha vuelto oscuro como aquel destino
de algunos seres que han tenido muy poca fortuna,
ajenos los dioses a sus súplicas nublan su camino,
se divierten desde el cielo, cantan, ríen, y en la premura
de saberse olvidados nos enseñan la tragedia y el dolor
para volvernos hacia ellos y suplicarles una explicación,
mas ellos nos seducen y nos envuelven en el hedor
del invento funesto del hombre triste…la esperanza,
misma que crece como el cáncer y nos da una falsa fortaleza.
-Bien, puede irse, pero no de aleje demasiado, ¿está bien?- escuchaba decir al detective; sin embargo, yo seguía pensando en Estelle y en todo lo que había ocurrido hacía sólo un día antes. Al llegar a mi casa ya me esperaba media botella de brandy en mi mesa. Me encontraba solo nuevamente, Estelle se me había ido o me la habrían arrancado. Daba igual, no era la primera vez que me había ocurrido en la vida, pero lo que me seguía dando vueltas en la cabeza era que todo había sucedido tan rápido. Mi copa se vació y la llené las veces que fue necesario, no tenía cosa mejor que hacer. El sonido de la música acompañaba a mi tristeza a la perfección: “Etude in E menor” de Chopin. Mi mano vagó lentamente hacia mi pluma, en movimientos automáticos comencé a escribir en el papel amarillento:
El día se me ha vuelto oscuro como aquel destino
de algunos seres que han tenido muy poca fortuna,
ajenos los dioses a sus súplicas nublan su camino,
se divierten desde el cielo, cantan, ríen, y en la premura
de saberse olvidados nos enseñan la tragedia y el dolor
para volvernos hacia ellos y suplicarles una explicación,
mas ellos nos seducen y nos envuelven en el hedor
del invento funesto del hombre triste…la esperanza,
misma que crece como el cáncer y nos da una falsa fortaleza.
-No les daré gusto a esos dioses- me repetía una y otra vez mientras deambulaba por mi casa rancia, -algún día volveré a ver a Estelle y ese día arreglaremos cuentas-me decía consolándome. La luz opaca del foco de la habitación complementaba la escena que yo estaba ejecutando a la perfección, rematando el cuadro de la miseria humana. Pero yo siempre he hallado la manera de salirme con la mía, ¡por algo soy poeta! , y los poetas nos nutrimos y creamos a partir de los verdaderos sentimientos, de lo que nace en lo que nos pertenece realmente, nuestra alma, porque ni en la razón se puede confiar, uno nunca la tiene del todo, siempre hay alguien con más razón. Las palabras se refutan y los argumentos que a veces parecen sólidos se pueden volver como la hoja seca de un árbol inmersa en la voluntad del viento. Sin embargo, la voz del poeta se ha transformado en parte del alma, y esa nunca fenece. Resulta curiosa la manera en la que me encontré por vez primera con la poesía, irónicamente estuvo acompañada por la muerte. Tenía como diez años. Uno de mis tíos falleció un día de octubre. Aunque yo no lo había conocido lo suficiente, mis encuentros con él siempre habían sido amables, siempre me pareció un buen tipo aunque muy serio siempre. Algunos de mis primos pequeños merodeaban la casa, impedidos a jugar, sin entender la situación que seguramente les pareció de lo más rara. No se puede entender a la muerte a corta edad; sin embargo si se puede experimentar. En fin, que en un momento de aburrimiento salí por el corredor de la vecindad y al llegar al portón de madera me encontré con un tipo de cabello largo, de unos 30 años, estaba sentado mirando unas hojas, también fumaba. Miré con curiosidad y observé que tenía una botella de licor al lado suyo, volteó sorprendido al verme y me dijo –sólo espero a alguien, no pasa nada-, dobló sus hojas y nerviosamente las guardó dentro de uno de los bolsillos de su chamarra. -¿Qué escribe?- le inquirí súbitamente, -un poema para mi tío, a lo mejor no me conoces pero soy uno de tus primos mayores, el viejo Paul me regaló muchos libros de poesía, por eso le escribo uno ahora-. A partir de ese momento me enganché con la poesía, al principio por curiosidad. –Te recomiendo a Pessoa y a Bukowsky- recuerdo aún sus palabras, aunque no recuerdo nada de su poema, sí recuerdo que me lo mostró. No volví a ver a ese primo, pero pienso que sólo estuvo ahí para abrirme las puertas del mundo de la poesía, en medio de la muerte.
-Pues aprovechemos este momento-, fue lo último que recuerdo haber pensado conscientemente. Pasaron varios días y seguía bebiendo y escribiendo, escuchando música: Grieg, Brahms, Mahler y más Chopin. De repente me di cuenta que debía parar, y me surgió la idea de ir a visitar el sepulcro de Estelle. El corazón me lo reclamaba y mi alma me obligaba a ver el lugar en que descansaba Estelle, o eso me dije a mí mismo. Sabía que a través del bar me enteraría de los detalles del sepelio. Fernand, el cantinero me vio entrar y de inmediato me sirvió un trago, aunque lo rechacé de inmediato para la sorpresa de él y la mía. -Estaba embarazada Phillip- la noticia me cayó tan sorpresivamente que dude si había escuchado bien o pensaba que Fernand se equivocaba acaso, aún así sentí como si me hubiese caído un balde de agua fría, de inmediato bebí el trago de un solo golpe. -¿Qué has dicho?-le pregunté con desconcierto. -Nos hemos enterado por el dictamen de la autopsia, nos lo ha dicho Frank el policía, ese gordo bigotón que viene de vez en cuando a alardear y a chismear- dijo Fernand sigilosamente como cuidándose de que alguien lo oyera. Mientras el cantinero seguía hablando yo me quedé pasmado y después de algún tiempo, no sé cuánto, salí del bar sin decir palabra. Solo recuerdo que Fernand me hablaba, -Phillip, ¿a dónde vas?-.
Al llegar a la tumba me quedé sin palabras, sin pensamientos, sólo estaba ahí, junto a Estelle, -tal vez sea la última vez que venga a verte- pensé sin darme cuenta, así como también comencé a especular un montón de ideas absurdas, todas ellas sobre el futuro que habría tenido de haber vivido Estelle un poco más al menos. Saqué de la bolsa de mi saco uno de los poemas que le había escrito para Estelle, no a ella, si no para la ocasión, ojalá me entiendan. Coloqué la hoja de papel y la coloqué sobre la lápida, la aseguré con uno de los crisantemos que habían sido colocados al lado y que aún se negaba a marchitarse.
-¿Conoció a mi Estelle?- escuché una voz en medio de sollozos. Una mano lánguida y arrugada me tocó el hombro.
-Pues aprovechemos este momento-, fue lo último que recuerdo haber pensado conscientemente. Pasaron varios días y seguía bebiendo y escribiendo, escuchando música: Grieg, Brahms, Mahler y más Chopin. De repente me di cuenta que debía parar, y me surgió la idea de ir a visitar el sepulcro de Estelle. El corazón me lo reclamaba y mi alma me obligaba a ver el lugar en que descansaba Estelle, o eso me dije a mí mismo. Sabía que a través del bar me enteraría de los detalles del sepelio. Fernand, el cantinero me vio entrar y de inmediato me sirvió un trago, aunque lo rechacé de inmediato para la sorpresa de él y la mía. -Estaba embarazada Phillip- la noticia me cayó tan sorpresivamente que dude si había escuchado bien o pensaba que Fernand se equivocaba acaso, aún así sentí como si me hubiese caído un balde de agua fría, de inmediato bebí el trago de un solo golpe. -¿Qué has dicho?-le pregunté con desconcierto. -Nos hemos enterado por el dictamen de la autopsia, nos lo ha dicho Frank el policía, ese gordo bigotón que viene de vez en cuando a alardear y a chismear- dijo Fernand sigilosamente como cuidándose de que alguien lo oyera. Mientras el cantinero seguía hablando yo me quedé pasmado y después de algún tiempo, no sé cuánto, salí del bar sin decir palabra. Solo recuerdo que Fernand me hablaba, -Phillip, ¿a dónde vas?-.
Al llegar a la tumba me quedé sin palabras, sin pensamientos, sólo estaba ahí, junto a Estelle, -tal vez sea la última vez que venga a verte- pensé sin darme cuenta, así como también comencé a especular un montón de ideas absurdas, todas ellas sobre el futuro que habría tenido de haber vivido Estelle un poco más al menos. Saqué de la bolsa de mi saco uno de los poemas que le había escrito para Estelle, no a ella, si no para la ocasión, ojalá me entiendan. Coloqué la hoja de papel y la coloqué sobre la lápida, la aseguré con uno de los crisantemos que habían sido colocados al lado y que aún se negaba a marchitarse.
-¿Conoció a mi Estelle?- escuché una voz en medio de sollozos. Una mano lánguida y arrugada me tocó el hombro.