miércoles, 13 de junio de 2012

La vieja

La mirada vacía y sin dirección de la viejecilla llama mi atención cada día. Por la mañana, paso a su lado y me parece una fotografía del día anterior. Sentada en un desvencijado banquillo de madera roída parece confundirse con el agreste espacio urbano. Su mirada profunda y fija se pierde entre el asfalto y el incesante paso de los transeúntes. Algunos prefieren dirigir una mirada de antojo a su puesto de golosinas y comida chatarra antes que a sus zapatos rotos. Su piel denota envejecimiento prematuro por los inmisericordes tentáculos del sol. Sus facciones, sin embargo; no denotan enojo u odio, sino una amable resignación.
Día a día la veo sentada esperando a los marchantes, acomodando de a poco las paletas y los chocolates. Su sentido de la armonía es de envidiarse pues todo lo dispone para el que sólo pasa ante ella unos instantes. Si uno le compra algo, ella sólo se limita a hacer la venta, amable pero directa, seria pero honesta. Deposita el comprador las monedas sobre sus agrietadas manos y ella observa atenta cada circunferencia de metal. Me tocó un día ver sus sonrisa, nunca fingida, pues a esa edad ya no tiene sentido fingir. Llena de expresión y de arrugas, sin un par de dientes entre los labios partidos. Otro día la vi muy temprano caminando por la mañana, entre la hostilidad de una base de transporte urbano. Peinada siempre con una trenza encanecida pero firme como su andar, se dirige lentamente a su pequeño puesto a ganarse el pan día a día, pues no puede permitirse faltar a su empleo de doce horas. De ocho a ocho, " de sol a sol" diría el dicho popular. Si tendrá familia no lo sé, ni siquiera la he visto sosteniendo conversación con alguien. Su mente parece ser su única interlocutora, y vaya que si no tendrá una incesante charla consigo misma pues bastan unos breves momentos para percibir que le ha tocado vivir por debajo del mundo de lujos y comodidades de los pocos, de los que olvidan y los que ignoran, de los que se interesan por la envoltura  y no por el contenido. Allí sigue la viejecilla sin palabras, triste bajo la bombilla que recién prendió ante  el cansancio del sol vespertino. Pronto envuelve entonces el puesto entre lonas y mecates ennegrecidos. Hay que irse quién sabe a dónde. Habrá que volver mañana. Habrá de regresar la viejecilla con las tristezas o con las alegrías, pero no con indiferencia a la vida pues su mirada sigue tan digna como el primer día que la ví.

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