Las manos agrietadas y endurecidas por la arcilla trabajan con paciencia en
el “árbol de la vida”. Adán y Eva comparten el centro de la pieza de barro
mientras que decenas de figurillas de animales y flores los rodean en la
representación del paraíso. Son instantes previos a la sentencia del creador
por el pecado de la desobediencia, con el exilio, la muerte inevitable de todos
los seres vivos sobre la Tierra. El rostro de Carmen Soteno no disimula el cansancio
de tantos años de trabajo en el modesto taller de alfarería que por tres
generaciones ha estado ubicado en la calle Galeana, al pie del cerro de los
magueyes. En la pequeña habitación acondicionada como taller apenas si entra la
luz de la luna que se cuela por una pequeña ventana que mira a la calle. De no
ser por las velas encendidas, los ojos hundidos y cansados de Carmen Soteno no
podrían indicarle dónde colocar los esmaltes a las decenas de piezas de la
obra. En una esquina de la habitación, una catrina de barro negro de metro y
medio de estatura parece contemplar los trazos de las manos huesudas de la mujer
que, como pinceles de diferentes tamaños, también son usados para lograr lo que
ninguna otra herramienta puede. La mujer y la catrina se miran fijamente por
unos instantes, la primera duda si aquella figura cadavérica que tiene enfrente
representa fielmente a la muerte. Aunque de huesos muy negros, su vestido es de
la más fina hechura y ni qué decir de su elegante sombrero. Ya pasa de la media
noche y la habitación no acumula el calor del horno que espera ansioso para
recibir las artesanías de barro que habrán de venderse en la temporada. Sombras
amorfas se posan sobre las paredes, pero la de la catrina parece ir de derecha
a izquierda, parecería que hasta asiente con la cabeza como guiando el esmero
de la artesana. La fatiga y el hambre obligan a Carmen Soteno a mirar de reojo
una mesa vieja de madera acondicionada como altar a los muertos. El olor a pan,
frutas cítricas y el mole negro que reboza en una enorme olla de barro, satura
la habitación y aun así no se cuela por las fosas nasales de la mujer. Hace
apenas unos años, el rostro redondo de mejillas de color semejante al barro no
avisaba los primeros signos de la enfermedad que la tundiría en una cama apartada
de su preciado taller. A pesar de los consejos de los galenos de mantener
reposo absoluto, ella no descansaba de amasar arcilla con agua hasta darle
bellas formas. El barro, la tierra y el calor del horno parecían ejercer una
fuerza gravitatoria sobre la cada vez más descompuesta y frágil humanidad de la
mujer.
Carmen Soteno está una vez más en medio del gélido taller. De pronto escucha
pasos lentos sobre el piso de madera. Cada paso semeja el crujido de los huesos
de un anciano. A la mujer se le agota el tiempo, su hija Delia se aproxima
motivada por la curiosidad de ver a su gata Oliva parada afuera de la puerta
del taller. Al acercarse, Delia hace una pausa como esperando que el animal se
mueva y le permita entrar, pero el felino no cede terreno y mantiene sus ojos color
aceituna fijos sobre la puerta de madera. Por la pequeña ventana se esbozan los
trazos de las luces danzantes de las velas. Después de una pequeña pausa Delia duda,
pero finalmente decide entrar al taller y apagarlas. A Carmen Soteno no le queda
más que dejar el “árbol de la vida” sobre la mesa de trabajo. En el descanso
eterno, también se tiene prisa. La mujer se dirige hacia el altar y posa su
mirada en lo más alto, donde se encuentra una foto en blanco y negro. Aparece ella
misma al lado de su esposo Melitón cargando a Juan, el hijo mayor y Delia
siendo apenas un bebé, descansa sobre los brazos de su madre. Aspira
profundamente y esta vez los olores del altar la inundan de nostalgia, pero
también de amor que vence al olvido. Por el camino de hojas naranjas del
Cempasúchil que se originan a los pies del altar, los pies de Carmen Soteno se
deslizan hasta la puerta del taller la cual atraviesa hasta encontrarse de
frente con Delia. El beso en su mejilla izquierda produce un escalofrío en
Delia y una sensación que la hace palidecer y derramar una lágrima que se pierde
en sus labios. La madre resignada continúa su camino por la alfombra de flores.
Delia abre la puerta delicadamente como sospechando que alguien se encuentra
dentro. Oliva se cuela de un salto acrobático al taller y comienza a olfatear
por todos los rincones de la habitación. Delia se encuentra de pronto a mitad
del taller junto al “árbol de la vida” en el que estaba trabajando unas horas
antes. Observa detenidamente la figura de barro y nota trazos de pintura
fresca. Las veladoras terminan por consumirse y la oscuridad en la habitación
es casi total. Delia nota la ausencia de olor que minutos antes emanaba del
altar e inundaba toda la casa de la familia García Soteno. No le queda más que
salir del taller no sin antes persignarse frente al altar. Es el día de muertos
en México y los que aún “no cruzan para el otro lado” saben que convivir con
los difuntos es un privilegio que los antepasados tuvieron a bien negociar con
el inframundo o Mictlán, como lo llamaban. Caminando por la calle Galeana, Carmen Soteno
se encuentra con Melitón García que venía de la casa de su hijo Juan. Se dan la
mano y continúan su camino que aún es largo. Lo bueno es que los hijos no
olvidaron poner un vaso con agua y otro con atole de maíz. La noche es cada vez
más fría al pie del cerro de los magueyes.


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