miércoles, 7 de noviembre de 2018

Árbol de la vida


       Las manos agrietadas y endurecidas por la arcilla trabajan con paciencia en el “árbol de la vida”. Adán y Eva comparten el centro de la pieza de barro mientras que decenas de figurillas de animales y flores los rodean en la representación del paraíso. Son instantes previos a la sentencia del creador por el pecado de la desobediencia, con el exilio, la muerte inevitable de todos los seres vivos sobre la Tierra. El rostro de Carmen Soteno no disimula el cansancio de tantos años de trabajo en el modesto taller de alfarería que por tres generaciones ha estado ubicado en la calle Galeana, al pie del cerro de los magueyes. En la pequeña habitación acondicionada como taller apenas si entra la luz de la luna que se cuela por una pequeña ventana que mira a la calle. De no ser por las velas encendidas, los ojos hundidos y cansados de Carmen Soteno no podrían indicarle dónde colocar los esmaltes a las decenas de piezas de la obra. En una esquina de la habitación, una catrina de barro negro de metro y medio de estatura parece contemplar los trazos de las manos huesudas de la mujer que, como pinceles de diferentes tamaños, también son usados para lograr lo que ninguna otra herramienta puede. La mujer y la catrina se miran fijamente por unos instantes, la primera duda si aquella figura cadavérica que tiene enfrente representa fielmente a la muerte. Aunque de huesos muy negros, su vestido es de la más fina hechura y ni qué decir de su elegante sombrero. Ya pasa de la media noche y la habitación no acumula el calor del horno que espera ansioso para recibir las artesanías de barro que habrán de venderse en la temporada. Sombras amorfas se posan sobre las paredes, pero la de la catrina parece ir de derecha a izquierda, parecería que hasta asiente con la cabeza como guiando el esmero de la artesana. La fatiga y el hambre obligan a Carmen Soteno a mirar de reojo una mesa vieja de madera acondicionada como altar a los muertos. El olor a pan, frutas cítricas y el mole negro que reboza en una enorme olla de barro, satura la habitación y aun así no se cuela por las fosas nasales de la mujer. Hace apenas unos años, el rostro redondo de mejillas de color semejante al barro no avisaba los primeros signos de la enfermedad que la tundiría en una cama apartada de su preciado taller. A pesar de los consejos de los galenos de mantener reposo absoluto, ella no descansaba de amasar arcilla con agua hasta darle bellas formas. El barro, la tierra y el calor del horno parecían ejercer una fuerza gravitatoria sobre la cada vez más descompuesta y frágil humanidad de la mujer.
Carmen Soteno está una vez más en medio del gélido taller. De pronto escucha pasos lentos sobre el piso de madera. Cada paso semeja el crujido de los huesos de un anciano. A la mujer se le agota el tiempo, su hija Delia se aproxima motivada por la curiosidad de ver a su gata Oliva parada afuera de la puerta del taller. Al acercarse, Delia hace una pausa como esperando que el animal se mueva y le permita entrar, pero el felino no cede terreno y mantiene sus ojos color aceituna fijos sobre la puerta de madera. Por la pequeña ventana se esbozan los trazos de las luces danzantes de las velas. Después de una pequeña pausa Delia duda, pero finalmente decide entrar al taller y apagarlas. A Carmen Soteno no le queda más que dejar el “árbol de la vida” sobre la mesa de trabajo. En el descanso eterno, también se tiene prisa. La mujer se dirige hacia el altar y posa su mirada en lo más alto, donde se encuentra una foto en blanco y negro. Aparece ella misma al lado de su esposo Melitón cargando a Juan, el hijo mayor y Delia siendo apenas un bebé, descansa sobre los brazos de su madre. Aspira profundamente y esta vez los olores del altar la inundan de nostalgia, pero también de amor que vence al olvido. Por el camino de hojas naranjas del Cempasúchil que se originan a los pies del altar, los pies de Carmen Soteno se deslizan hasta la puerta del taller la cual atraviesa hasta encontrarse de frente con Delia. El beso en su mejilla izquierda produce un escalofrío en Delia y una sensación que la hace palidecer y derramar una lágrima que se pierde en sus labios. La madre resignada continúa su camino por la alfombra de flores. Delia abre la puerta delicadamente como sospechando que alguien se encuentra dentro. Oliva se cuela de un salto acrobático al taller y comienza a olfatear por todos los rincones de la habitación. Delia se encuentra de pronto a mitad del taller junto al “árbol de la vida” en el que estaba trabajando unas horas antes. Observa detenidamente la figura de barro y nota trazos de pintura fresca. Las veladoras terminan por consumirse y la oscuridad en la habitación es casi total. Delia nota la ausencia de olor que minutos antes emanaba del altar e inundaba toda la casa de la familia García Soteno. No le queda más que salir del taller no sin antes persignarse frente al altar. Es el día de muertos en México y los que aún “no cruzan para el otro lado” saben que convivir con los difuntos es un privilegio que los antepasados tuvieron a bien negociar con el inframundo o Mictlán, como lo llamaban.  Caminando por la calle Galeana, Carmen Soteno se encuentra con Melitón García que venía de la casa de su hijo Juan. Se dan la mano y continúan su camino que aún es largo. Lo bueno es que los hijos no olvidaron poner un vaso con agua y otro con atole de maíz. La noche es cada vez más fría al pie del cerro de los magueyes.




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