Todos somos escritores
(a lo mejor es la parte 1)
Todos somos escritores. La humanidad nunca había tenido como ahora, la oportunidad de escribir y sobre todo, de ser leída por muchas personas; ya sea que se trate de un simple mensaje de texto, un breve mensaje de 140 caracteres o un "post" en una página de las denominadas "redes sociales". Celebro la oportunidad de que la gente se pueda expresar a través de las palabras. Celebro la idea de que en estos momentos, millones de seres humanos en el planeta se encuentran comunicándose prácticamente de manera instantánea, incluso a miles y miles de kilómetros de distancia. Lo que antes significaba días o meses de espera, para recibir una carta, ahora basta con tener acceso a internet para disfrutar de los beneficios de la comunicación electrónica. Sin embargo, resulta interesante que al parecer, las palabras no nos satisfacen del todo. Para comunicarnos mejor, hemos inventado y generado símbolos que denotan nuestro estado de ánimo, personajes de caricatura, llamados emoticones, que expresen nuestra manera de sentir en un instante, en lugar de describir con cierto detalle y a través de las palabras nuestro sentir. Y de pronto, en un instante, el cerebro de la persona que está al otro lado de la pantalla percibe que la persona que le ha enviado una carita triste debe estar pasándola mal.
Hoy en día uno pasa horas y horas urgando en la red: datos, cifras, noticias, personas, compras, stalkeando o mejor dicho y para defender el idioma flirteando con otras personas, en fin, echándo una mirada al mundo. Las redes sociales nos despliegan en microsegundos los textos, breves o largos, de nuestros amigos. Por supuesto que esa valiosa oportunidad de transmitir un mensaje importante se puede convertir en una pifia o en un embarazoso asunto: faltas de ortografía, falta de coherencia, malas palabras, obsenidades, en fin; un atropello al lenguaje y un desperdicio de bits. Pero, vivimos en tiempos democráticos en los que todos tenemos la oportunidad de expresarnos y escribir. Si bien es cierto, que en algunos casos existe la censura, de alguna u otra forma todos tenemos la libertad de gritarle al mundo lo que sucede en nuestras agitadas mentes. Incluso, uno puede ocultarse en el anonimato y compartir lo que de otra forma nos avergonzaría si acaso tuviésemos que sostener nuestras ideas con una rúbrica. Como escritor, uno se desnuda ante el otro, y me refiero al sentido de las palabras que se derraman por nuestro cuerpo, por nuestra alma y que como fuerza centrípeta salen disparados por nuestra mente. Por si fuera poco, el que escribe puede ignorar que a través de su ignorancia los demás lo pueden verlo como lo que es, un ignorante. Sin embargo, eso no parece importarle a muchas personas. A mi, por ejemplo, me aterra escribir con errores de ortografía o escribir cualquier tarugada. A veces por supuesto, no me salvo de cometer errores. De cualquier forma, me parece maravilloso que uno puede darse cuenta de que es posible embellecer el ciber espacio a través de ideas bien claras. Cuando leo un texto diáfano y pulcro, que es la minoría, pienso que vale la pena urgar entre la imprenta moderna que Gutenberg jamás soñó y que vale la pena la pérdida de tiempo. Finalmente, la gran bosta de contenido pueril se va simplemente por la cañería. Salvo en algunos libros que se cuelan dentro de la literatura para la chusma. Anímese pues a leer un libro de Yordi Rosado e implementar lo que este brillante conductor tiene que compartir. Un filósofo de la mercadotecnia televisiva hecho un literaro de la noche a la mañana. Pero ese tema lo abordaré en textos posteriores. En fin que dejo aquí el teclado y vuelvo a los interminables clicks del ratón para seguir explorando el maravilloso Universo con texto, y mientras bebo el último sorbo de mi café pienso que todos somos escritores, pero no todos sabemos escribir.



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