jueves, 18 de agosto de 2011

La suerte del poeta. Parte VIII

Mis padres me abandonaron desde muy chico, de hecho no recuerdo con exactitud cuántos años tenía. En realidad fue un proceso lento, no es que me abandonaran realmente, sino que fue un abandono lento hacia mis sueños, hacia mis deseos e inquietudes. Sé que no es lo mismo que el abandono físico, pero a final de cuentas la ausencia termina por sentirse. Debo reconocer que crecí con la idea de que la presencia de mis padres más no la demostración de afecto, de que yo realmente les importara era una situación normal. Como hijo único lo único que podía hacer de niño era tratar de estar conmigo mismo, jugando todo el tiempo, imaginando, prestando atención a cada detalle de lo que ocurría a mí alrededor. El vacío que sentía, la falta de atención y cariño la compensaba escribiendo historias y dibujando a personajes imaginarios, algunas veces a unos padres imaginarios que me escuchaban y que me concedían mis deseos, como ir al parque a jugar con los dos, o que me llevaban a la feria y me compraban algodones de azúcar y unos soldaditos de plástico. Un día en la escuela la maestra nos dejó de tarea que teníamos que leer un libro y después comentarlo en clase para saber qué era lo que habíamos entendido. Le dije a mi padre que tenía que comprarme un libro y hasta recuerdo que le pedí un libro que hablara del espacio y de una historia de astronautas que conquistaban otros planetas. Teníamos dos semanas para leer un libro, claro que a los 10 años se esperaba que fuese un libro corto. Les insistí a mis padres sobre mi tarea cada día. Mi libro no llegaba, así que comenzaba a inquietarme, me conformaba pensando que mis padres me harían caso esta vez tratándose de una cuestión escolar. Un día antes de la fecha límite para la tarea, mi padre llegó a comer a la casa y le recordé lo del libro, aún sigo recordando su expresión de sorpresa y luego de hastío, -toma cualquier libro del librero Phillip, no importa que no sea de lo que me pediste, leer es leer, y esa es tu tarea- me dijo enérgicamente mi padre. Después de comer me paré frente al librero y escogí el libro más pequeño que encontré, un poemario de Fernando Pessoa. El resto es la historia de mi vida.







La lluvia de la tarde cubrió el jardín de la casa,


el general se ahogó con el resto del batallón,


entonces me sentí triste porque perdieron la guerra,


no por las balas enemigas, sino por el destino cruel


que inundó las esperanzas de mi país, mi tierra.






Fue mi primer poema después de leer y releer aquel librito amarillo. Me di cuenta de lo vulnerables que somos de niños, del cariño que necesitamos y de lo que significan nuestros padres con lo que a cada minuto nos dicen; aún sin palabras, lo que nos enseñan, aún sin dirigirse a nosotros. Ahora estaba frente a mí la hija de Estelle, inocente, sin culpas, honesta en su mirada y sus gestos. Ana me ofreció a la pequeña y yo no tuve más opción que rendirme a la ternura de aquella niña. Creo que comenzaba a darme cuenta de lo que se refería momentos antes la abuela de la pequeña Estelle. -Ruben le prohibió a mi hija que se embarazara, porque según él frenaría su carrera- dijo Ana con una voz llena de resentimiento y continuó: -Cuando Ruben supo que Estelle estaba embarazada intentó que abortara, la presionó todo el tiempo…se perdieron contratos y presentaciones desde luego. Estelle le ofreció a Ruben que si le permitía tener a su hija ella la daría en adopción y no la vería jamás- la abuela Ana hizo una pausa y comenzó a temblar, un poco por coraje otro poco por la pena, por la tristeza que se percibía en los ojos rojizos y llorosos de la mujer. Respeté su dolor y esperé a que continuara. -Desde luego que Estelle no haría eso, sabía que al momento de nacer la bebé yo podría hacerme cargo de ella; sin embargo, al siguiente día que nació la pequeña, Ruben desapareció con mi hija-. El llanto de Ana crujió las paredes viejas del departamento y envolvió mi corazón por un gran dolor ajeno. -Ruben me mandó una nota que decía que si yo no desaparecía de sus vidas junto con la niña, la mandaría a matar…¡¿puede creerlo Phillip?!, ¡su propio padre la mataría!-. La anciana ya no podía contener su llanto, ni contenerse a sí misma, así que se desplomó en el viejo sofá. Yo me acerqué a Ana y me puse de rodillas, tomé sus manos, las besé y la abracé. -Ahora yo estoy aquí, yo la voy a ayudar porque no la voy a dejar desamparada, ni a usted ni a la niña- le dije a Ana con convicción. -Me desaparecí un tiempo, por la seguridad de la niña, pero después intenté buscar a mi hija a escondidas, yendo de un lugar a otro, preguntando por ella en bares, pero desgraciadamente la encontré demasiado tarde. La gente me decía que se le veía triste…otras personas me decían que el desgraciado de Ruben la maltrataba, la explotaba y ¡quién sabe cuántas cosas más! Me dí cuenta que esa parte de la historia sólo haría sufrir a Ana, más de lo necesario. -No siga, Ana. Hay que ver para adelante, vamos a estar bien, Estelle nos cuida desde el cielo- dije entre lágrimas, tratando de mostrar un poco de fortaleza.


Era de tarde cuando estaba empacando las pocas cosas de la pequeña Estelle. Una maleta de tela eran las pertenencias de una inocente, de la hija de Estelle, la mujer que amé por una noche, de la que creí compartiría muchos más momentos. La noche anterior le susurré a la bebé un poema que unca pasó por mis neuronas, sino que pasó por cada fibra de mi gastado pero aún latente corazón:






Ángel pequeño, desterrado del cielo injusto


que entre mis brazos te manda por encargo divino,


amor no te faltará pues por poeta sé un poco


que lo que tengo en el pecho señala mi destino


latiendo por ti pequeña, mis versos estarán ansiosos


por tenerte en ellos junto a tus ojos puros y hermosos.






-Es hora de irnos Ana- dije convencido de que mi suerte había cambiado. En mi vida habrá de ahora en adelante una parte de Estelle, y con ella mi amor seguirá. Ahora pienso que mi poesía atrajo a Estelle a mi vida, es el resultado de la poesía, un poco trágica, un poco ingrata, pero a veces trae con ella un poco de suerte. La vida de un poeta es así.

2 comentarios:

  1. Ya terminada tu primera novela puedo decir, sin miedo a equivocarme, que has pasado de alguien que escribe por gusto, a alguien que vive para escribir, es decir, un escritor. Este relato de ocho episodios en eso te ha convertido. ¡Sigue adelante! Muchas felicidades.

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  2. Muy buen final...esperemos que no sea el último escrito, suerte en tu camino y buena vibra!!
    Nacemos para escribir y escribimos para nacer ;)

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