martes, 9 de agosto de 2011

La suerte del poeta. Parte VII



Frente mi se encontraba un edificio lúgubre, con las paredes húmedas y desgastadas, las ventanas parecían un cuadro que pintaba historias tristes, como si fueran la entrada a la historia de vidas grises y melancólicas. En el cielo una paloma volaba insegura de posarse en alguno de aquellos balcones descoloridos y oxidados, que más alejaban a cualquier ave; además, ni las migajas, mucho menos la comida abundaban por aquellos rumbos. Ana y yo llegamos a la puerta del edificio, ella sacó una llave del bolso de su abrigo y con la mano temblorosa apenas si pudo abrir, mientras yo dudaba si debía ayudarla. Después de cruzar un pasillo y retirar de mi paso la ropa colgada de los tendederos varias veces, llegamos a una escalera que tenía varias lozas destruidas, el pasamanos a punto de desplomarse, inseguro para aquella anciana. Subimos dos pisos que me parecieron eternos al paso de Ana, al final de cuentas y después del cuarto escalón la tomé del brazo, ella simplemente se dejó ayudar, parecía que no estaba en condiciones de rechazar tal ayuda. El silencio se hizo mi enemigo pues mi mente estaba haciéndose miles de preguntas, la más inmediata y recurrente era ¿qué estoy haciendo aquí?, pero ya estaba ahí y tenía que afrontar el resto; además, Estelle venía a mi cabeza una y otra vez, hasta sentía que ella misma me estaba guiando hacia aquel lugar, hacia aquella parte de mi vida. Entramos por fin a un departamento, -Adelante Phillip, disculpe la pobreza- me dijo la mujer con tono de vergüenza, su mirada se estrelló en el piso donde una roída alfombra carmesí nos daba la bienvenida. -No tiene que pedir disculpas de nada- respondí inmediatamente, tratando de aliviar su pesar. -Tome asiento, le traeré un té de menta y más vale que se ponga cómodo porque le contaré muchas cosas-, Ana se apresuró a decir mientras se quitaba con dificultad su abrigo, lo botó en la mesa y se dirigió a un pequeño cuarto que hacía las veces de cocina, en realidad sólo se veía una vieja parrilla y unas repisas a punto de caerse con algunos trastes despostillados. Agradecí el gesto de la anciana con una sonrisa y en lugar de sentarme observaba los detalles de aquel hogar mientras giraba como tratando de darme cuenta en qué lugar me encontraba, lo primero que me llamó la atención fue una foto de una niña como de 10 años que tenía puesto un vestido con holanes y un gran moño rosa colocado junto al hombro derecho, inmediatamente supe que se trataba de Estelle. Estaba cantando, se veía feliz, y su mirada parecía estar viva, parecía que me estaba viendo, o al menos así lo sentí y de repente sentí la necesidad de pasar la manga de mi camisa por mis párpados húmedos. Escuché quela anciana regresaba a la pequeña sala compuesta por un sillón y un sofá. -Estelle no quería saber mucho de mí, Phillip, y yo no quise saber de ella durante mucho tiempo, pero me arrepentí y traté de encontrarla, pero como usted verá, fue demasiado tarde, pero no hablemos más de eso- dijo secamente con un tono de dolor y tristeza.-Veo que esa foto le es familiar de alguna forma-, la mujer se dio cuenta de que estaba enjugando algunas lágrimas y como respetando ese momento se dio la vuelta para darme un poco de privacidad y se sentó en el sillón. -Estelle fue una niña adorable, llena de talento…nació para cantar, seguramente usted se habrá dado cuenta- , la mirada de Ana se fijó en mis ojos con una dulzura que me obligó a acercarme a ella,-cuénteme de ella, dígame como era Estelle- le dije suplicante. Ana suspiró y volteó al techo, su mirada se posó ahí durante algunos segundos, parecía que estaba recordando o que sus ideas trataban de organizarse, tal vez decidiendo por dónde debía comenzar. -Estelle siempre quizo ser una cantante famosa, siempre quiso llegar muy lejos, y su padre siempre se encargó de alimentar sus sueños, tal vez más de la cuenta-, la última frase denotó un aire de resentimiento. -El padre de Estelle la obligaba a ensayar una y otra vez, trataba de que fuera la mejor de todas, de alguna manera le robó su infancia de juegos y amigos, se la cambió por interminables horas junto al piano. Cuando Estelle alcanzó cierta edad, su padre comenzó a llevarla a cantar a bares, a cualquier lugar que quisiera contar con una chica cantante, además que su belleza siempre la acompañó-. Ana extendió su mano señalando el sofá, invitándome asentarme, rápidamente me senté pues quería seguir escuchando la historia de Estelle -siga por favor- dije ansioso. -Aunque se puede decir que tuve una familia normal los primeros años de Estelle, con el tiempo las cosas cambiaron para nuestra mala fortuna, un mal día hubo una riña en un bar en donde trabajaba Eugene, padre de Estelle, y en su destino estaba que habría de morir por una bala perdida, lo más curioso, Phillip, es que la bala atravesó su hígado, creo que sólo se adelantó a su muerte por cirrosis, Eugene era alcohólico desde hacía muchos años, tantos que ya me había dado varios sustos, muchas veces las pasé a su lado en el hospital y por más que los doctores le advirtieron, Eugene sabía que estando en el ambiente de los bares no podría dejar el vicio jamás, es más, nunca lo intentó siquiera- Aquella mujer de edad avanzada tenía la necesidad de contar su historia, le sentí, así que no interrumpí su relato, por otra parte, yo ansiaba escuchar lo que había vivido Estelle, quería entender de esa manera la vida de la mujer de la que me enamoré en una sola noche. En el fondo de mi corazón estaba agradecido con la madre de Estelle. -Después de la muerte de Eugene, mi hija no volvió a ser la misma, se fue su compañero, su guía. Estelle dejó de cantar por mucho tiempo, hasta que un día decidió irse de la casa. Su rebeldía y rencor por la vida la volvió una mujer melancólica, tanto que aparentaba ser de mayor edad. La pesadumbre de su alma rebasó mis intentos por sacarla adelante, y hasta la fecha me reprocho no haber hecho algo más-. Los ojos de Ana se enrojecieron y un par de lágrimas corrieron por su rostro arrugado hasta caer sin remedio. Me sentí triste. Ana prosiguió: -en fin, nadie nos enseña cómo debemos ser ni cómo debemos vivir la vida, y menos cómo influir positivamente en los demás, pero aún así sé que nunca dejé de apoyar a mi hija, siempre hice todo lo que pude, siempre la amé- dijo sollozando. -Sé que así fue, Ana, no me cabe la menor duda-. Ana me tomó de la mano en señal de agradecimiento. -Después de algunos años en los que no supe gran cosa de Estelle, vino un día a la casa junto con un hombre del que se decía muy enamorada, un tal Ruben. Yo siempre sentí que aquel tipo la influenciaba de mala manera; sin embargo, ese tipo la llevaba a cantar a varios lugares, de cierta forma había revivido una parte de Estelle y yo agradecía eso, aunque el tipo me daba desconfianza, y con razón-, Ana hizo una pausa y se levantó con dificultad, después de unos segundos me di cuenta de que se levantaba por el sonido y el olor del agua hirviendo, sentí que era un buen momento para detener la conversación y tomar aire. El olor de la menta inundó la estancia, el sonido de la cuchara dando vueltas, golpeando la tasa fue lo único que se escuchó durante unos instantes. Me acerqué la bebida caliente y soplé suavemente hasta que me decidí a probar la infusión. Apenas coloqué la tasa en la mesita que estaba junto al sofá y Ana continuó: -Ruben la presionaba todo el tiempo con mejorar, con dar lo mejor cada noche, decía que si seguía sus instrucciones llegaría muy lejos, y así pareció al principio, Estelle comenzó a tener presentaciones en sitios reconocidos, comenzó a ir a otros países incluso, ¿ve aquellas fotos?- me señaló unas fotos sobre una repisa. Desgraciadamente, este tipo comenzó a influir demasiado sobre mi hija, a tal grado de que Estelle hacía todo lo que ese desgraciado le pedía-. En ese instante sentí rencor y odio por aquel tipo, recordaba además la nota que había encontrado en casa de Estelle y sentía ganas de salir a buscarlo y partirle la cara. -Ese infeliz- murmuré. -¿Perdón?- inquirió Ana, rápidamente le respondí: -No me haga caso, siga contándome si es que quiere seguir, si no yo entenderé que…-, tenía que preguntarlo, ya que noté que la mujer se veía agotada. -Quiero que escuche lo que tengo que decirle, a final de cuentas, he querido que venga y he querido contarle esto porque parece buena persona y porque sé que mi Estelle de alguna forma lo admiraba, y mire que al final verá que no soy tan buena persona como usted cree porque usted descubrirá al final mi chantaje-. Las palabras de Ana me dejaron sorprendido pero aún así sentí que no podía haber un chantaje real, pues a pesar que me imaginaba algunas cosas no me parecían perversas. -Es hora de que conozca a alguien, Phillip, permítame un momento. La mujer se levantó y se dirigió hacia un cuarto del departamento, lo hizo lentamente como tratando de no hacer ruido, pues la madera del piso rechinaba y crujía a cada paso de la anciana. Después de un par de minutos comencé a sentirme nervioso pues Ana no daba la menor señal de su presencia. -Ana, ¿está todo bien?-, pregunté con preocupación. Inmediatamente obtuve respuesta cuando vi a la mujer yendo hacia mí cargando lo que parecía una niña como de unos dos años de edad. Mi cara no disimuló sorpresa, la historia de la anciana apenas estaba por iniciar. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero una sonrisa ligera, somnolienta de aquella niña terminó por arroparme. -Ella es la pequeña Estelle-, dijo Ana amorosamente.

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