Al ver a Estelle cerca de mí, me percaté de su belleza iluminada por la luz de la farola. Después de unos segundos en los que me sentí pasmado reaccioné a su ofrecimiento de manera torpe, casi temblando acerqué mi cigarrillo al fuego. Miré los cándidos ojos de Estelle y por unos momentos me asomé al vacio de su alma… y me dio miedo. Mi curiosidad se despertó al sentir su presencia, su cuerpo, su calor y su inmediata sensación de indiferencia. –Me has arruinado la noche, tonto- me dijo con cierta voz de reclamo; sin embargo, esbozó una tímida sonrisa. –No ha sido culpa mía, lo he hecho en defensa del género femenino y ya ves lo que pasó- le dije tratándome de sincerarme con ella. –Creo que tu y yo tenemos muchas cosas en común- me dijo tomándome por sorpresa. –Padecemos de soledad, y queremos defender a los demás, aún si no tenemos la razón y andamos por la vida metiéndonos en serios líos, ¿o me equivoco?- dijo inquisitivamente.-Más o menos, pero podemos averiguar qué otras cosas tenemos en común y en qué somos diferentes.-le respondí incitándola a seguir la plática. Me di cuenta que se sintió amenazada por mi oferta y sonriendo le dije –de una vez te digo que no creo en las almas gemelas, pero si te puedo decir que tu y yo somos de esas personas que tienen mucho que platicar- le dije mientras la miraba fijamente a los ojos. –No esta noche- me respondió fríamente, acto seguido sacó de su bolsa un cigarrillo y lo encendió lentamente. El ver sus labios tocando suavemente el filo de sus labios me hizo cambiar de estrategia.-Bien, entonces hagamos un intercambio artístico, tu cantarás para mi, y yo te recitaré alguno de mis poemas, y si vienen a mi las musas hasta podría hacer un poema esta noche-, propuse tirando mi última carta.-Me despidieron esta noche, dicen que no pueden pagarme más- dijo con una voz entrecortada y con los ojos a punto de volverse manantial de lágrimas.-Pero quiero seguir cantando esta noche, tal vez sea la última que lo haga, así que después de todo acepto la propuesta-. Todo fue raro a partir de ese momento, pero me refiero a la rareza en que uno se siente un poco más vivo, en el que nos percatamos de la relatividad del tiempo y de la coincidencia de éste con el espacio.-Vamos a mi departamento, tengo un piano, y tu te encargarás de llevar lo tuyo-. Una botella de vino pensé, o tal vez dos. Después de recorrer algunas calles a la luz de la triste y húmeda noche llegamos al departamento de Estelle. Platicamos sobre los patrones avaros y su afán de ganar dinero a costa de los artistas. Obviamente que despotricamos contra todo y contra todos. Al llegar a la puerta del departamento, Estelle trató de abrir, pero la llave se trabó un poco. Lentamente le tomé de la mano y la empujé hacia el cerrojo. Afortunadamente la cerradura cedió. Nos miramos un par de segundos, esta vez estuvimos más cerca y pude oler su delicado perfume.-Pasa, no te fijes por el tiradero- dijo rápidamente cortando el momento anterior. Di un paso al frente y decidí dar un vistazo general. Discos y libros por todas partes, un cuadro de Remedios Varo y otro de Dalí lucían en la pequeña sala. Tal como Estelle lo mencionó, junto a la ventana que daba a la calle se encontraba un piano que parecía estaba esperando por su hermosa dueña e indudablemente por sus delicadas manos. Entré a la casa y me senté en la alfombra de la sala, recargándome en un sofá rojo. En frente de mi vi una pared repleta de fotos de diferentes tamaños de Estelle. En algunas estaba cantando en diversos lugares y escenarios y en otras estaba con una persona de edad avanzada, incluso en algunas de ellas estaba aquella persona acompañando a Estelle con un piano. La persona al piano era un señor que miraba dulcemente a Estelle. Después de algunos segundos noté que aquel piano que tocaba ese hombre se trataba del mismo piano que estaba en la sala.-Traeré un par de copas y un sacacorchos, mientras tanto puedes fisgonear un poco, pero no demasiado- dijo Estelle provocativamente mientras se dirigía a la cocina. Ya no tenía sus zapatillas y entonces pude ver el contorno de sus pantorrillas más detenidamente y la excepcional figura de su espalda y donde ésta termina. Me sentí un poco avergonzado por ello, y desvié la mirada inmediatamente pues no quería que ella se diera cuenta de mi perversidad. De regreso, Estelle se sentó junto a mí y preparamos todo para comenzar a degustar el vino mientras conversamos fluidamente, de todo un poco, inclyuendo lo que sucedió esa noche. Para ese entonces ya parecíamos viejos conocidos, o en su caso dos personas que se flirtean el uno con el otro, al menos eso quise pensar, porque el pasar las horas y al vaciarse las copas me entregué a la sencillez de las palabras de Estelle, a su suave pero firme tono de voz. Después de un par de horas nos quedamos sin palabras, Estelle se dirigió al piano lentamente y comenzó a tocar, a la par que susurraba la letra de aquella canción, yo me sentí irresistiblemente atraído hacia su voz, y hacia su cálido cuerpo que desprendía un aroma a gardenias. Me acerqué lentamente esperando alguna reacción; sin embargo, tanto Estelle como yo concedimos permanecer juntos mientras ella tocaba aquella canción de blues. Antes de que la canción terminara puse mi mano sobre su cuello y lentamente la deslicé por su espalda tibia. Sentí entonces la respuesta de su piel y como a la par se esfumaba su perfecta interpretación musical. Ella inclinó su cabeza mientras exponía su largo cuello. Su aroma se esparció indicándome que lentamente acomodara su cabello hasta tener campo abierto para olerla de cerca y rosar mis labios con su piel. Sus dedos tocaron todas las teclas del piano que pudieron al mismo tiempo, dando señal de que la canción había terminado y nos hallábamos al inicio de nuestra propia interpretación de la lujuria. Se puso frente a mí y sus piernas ya formaban un espacio en el que yo ocupé un instante después. Torpemente la cargué y coloqué sobre mí, mientras ella, hábilmente me envolvió con sus delgadas piernas y al final me asió contra ella. Reaccioné de inmediato y mi respiración se aceleró al igual que la de ella. Mi instinto me indicó que debía quitarle el vestido, y lo hice lo más rápido que pude en verdad. -Tenemos toda la noche- me dijo susurrando en mi oído. –Tienes razón, lo voy a disfrutar- le respondí. Nos besamos y pasamos nuestras manos a través de nuestros cuerpos ardientes, tratando de reconocernos, de vivir aquel momento intensamente y queriendo sentir lo que nos pertenecería por un rato. Estelle se detuvo y con un gesto suave me detuvo en el taburete del piano, mientras ella cerró el teclado y se sentó sobre su querido piano ofreciéndome su femineidad. Como una bestia me lancé sobre ella embriagado de placer y tratando de saciar la lujuria que se apoderaba de mi. Mi mente divagó por unos instantes y pensé -¿Cuántas veces habrá hecho esto con otros hombres? ¿O acaso seré el primero? ¡No pienses en eso, no pienses en eso, disfruta el momento! Los jadeos rítmicos de Estelle no regresaron al momento y a su cuerpo húmedo. Sentí sus uñas trazando la huella de aquel momento sobre mi espalda, fue un dolor placentero. La miré y pude percibir su cuerpo vibrando igual que el mío, a punto de llegar juntos al clímax. Lo sentí porque ambos nos unimos más, nos tocamos con mayor intensidad y la respiración sucumbió, se distorsionó ante la pasión que estábamos viviendo Estelle y yo. Sus piernas perdieron fuerza al igual que mis brazos que la sostuvieron durante ese tiempo, de su espalda, de sus piernas, de donde fuese necesario para mantenerme dentro de ella. Lo que sucede después del acto carnal puede ser un momento en el que la mente se pierde, la sensación de placer abandona el cuerpo por quedarle chico, pues la pasión brota por los poros y lo hace reventar. Sólo recuerdo que nos quedamos dormidos sobre el sofá, desnudos y abrazados. Los primeros rayos del sol entraron por la ventana de la sala haciéndome despertar de aquel sueño maravilloso que, incluso, se había extendido a la realidad, hasta que me di cuenta de que Estelle ya no estaba a mi lado. Como pude me desperté tratando de encontrarla por la casa. Lo primero que se me ocurrió fue buscarla en su habitación, así que entré delicadamente tratando de no despertarla. Ahí estaba ella, recostada en su cama boca arriba. Me acosté junto a ella esperando que no se despertara y que no rechazara mi compañía. Sentí su cuerpo liviano, ausente y frío. Su respiración se había extinguido. Miré al techo y el pánico se apoderó de mí. Me llevé las manos a la cara mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas. –Estelle querida... ¿por qué?- era lo único que pasaba por mi cabeza.
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