Mi embriaguez debía ser evidente. Sin embargo, me sentía en ese estado ideal en el que uno pasa a la desinhibición. Espero que no me haya pasado de la cuenta una vez más. Recuerdo las veces que la he pasado mal a causa de mi manera de beber. Me he peleado y he recibido más de una paliza. He terminado durmiendo con desconocidas, feas y hermosas. He amanecido en lugares en los que nunca había estado antes...y la lista podría continuar.
Pensé que si aparentaba ir al baño tal vez podría encontrarme con Margaret, verla de cerca. La curiosidad se apoderaba de mí y yo siempre he sido como un gato curioso. Lo cierto es que la memoria demerita cuando uno ha ingerido casi media botella de alcohol en el bar, y antes ha bebido más, por días, o debo decir durante varios días, quizá meses. Sin embargo, la memoria empezaba a hilar poco a poco los recuerdos entre Margaret y yo. Logré verla con mayor claridad: cabello negro lacio, ojos grandes. El labio inferior de Margaret era delicadamente más grueso, como invitando a mordisquearlo suavemente. Más alta que yo por poco, quizá porque siempre usaba zapatillas con tacón alto, y cuando uno está en las cuestiones de amor, la estatura importa poco, no cuenta mucho, digamos al menos para mí. -¡Benditas piernas largas!- me decía mi pervertida voz interna. Recordé a poco su espalda con un hermoso perfil, que recorrí varias veces. Me di cuenta que la punta de su cabello rozaba apenas sus hombros delineados. Toda ella daba la idea clara de pecar, y vaya que con ella pequé hasta merecerme el infierno trescientas veces. A pesar de ser mayor que yo por unos años, seguía siendo hermosa. Nuestras miradas se encontraron e inevitablemente me vi caminando hacia su mesa.
-Hola Margaret-, le dije casi por instinto. -Has estado genial la otra noche, te he visto en el Café-, me dijo con cierto entusiasmo que vislumbre en su sonrisa. -Te presento a Javier- dijo inmediatamente al darse cuenta que su pareja mostraba una mirada de confusión y de cierto celo. Recuerdo que el tal Javier se presentó y dijo algo más, pero no le puse atención pues me pareció un tipo gris de primera mano. Cuando conozco a alguien así simplemente decido que recordar a alguien así es meter basura en mi cerebro ya de por si atiborrado con cosas inútiles. Margaret lo interrumpió al ver que yo estaba ausente de su conversación y dijo en voz alta. -Me ha encantado aquel poema que decía que las piernas de las mujeres son un camino estrecho que se ha recorrido una y otra vez, que son como caminos con curvas peligrosas o veloces tramos rectos, pero que el final del camino siempre es una recompensa- dijo de manera efusiva, aunque con un poco de dificultad. Era obvio que había bebido también. -¡Shhhh! creo que debemos bajar la voz Margaret-le dije con una sonrisa burlona. Noté que la gente se mostró un poco impaciente y que Estelle había dirigido su mirada de desaprobación hacia nosotros. -¿Por qué no te sientas con nosotros Phillip?- dijo Javier con tono un poco imperativo. Pensé en mis opciones y a pesar que sabía que no era una buena idea dije -sí, claro ¿por qué no?-. Los tres guardamos silencio un momento, fue un momento incómodo. Centramos nuestra atención en Estelle. Las notas del piano que la acompañaban ayudaron a Estelle a meter al público en su jaula de ensueño. De todas formas advertí que sutilmente adelantó su pierna derecha para mostrar sus atributos. La abertura de su falda dejaba ver lo justo y dejaba el resto a la imaginación. Se percibió un silencio entre la concurrencia, solo algunos sonidos de copas y murmullos al oído. En ese momento Javier ordenó una copa de vino para mí y otra para él. -Ni una más para ti Margaret, empiezas a perder la compostura, y si sigues así vas a invitar a la mesa a cualquier persona que reconozcas-.
La sangre me hirvió en la cabeza. Aquel tipo había hecho un comentario sintiéndose con el derecho que se dan los mamarrachos de controlar la vida de las mujeres, y de paso hasta me había visto como un cualquiera. Suficiente para mí. Guardé silencio y noté que Margaret bajó la mirada, como un cachorro al que su dueño lo ha reprendido. Supe en ese instante que Margaret se había tragado varias palabras. En otros tiempos ella le hubiera contestado como se merece, pero seguramente el tal Javier era su mecenas. Esperé hasta que llegaran nuestras copas de vino y bebí la mía hasta no dejar gota alguna, ante la mirada atónita y de desaprobación de Javier. -Margaret, yo te invito una copa, pierde la compostura si es lo que quieres, ven conmigo, dejemos a este tipo con su arrogancia, a ver si su arrogancia lo aguanta- le dije mirándolo a los ojos. Puñetazo a la cara. Me lanzo contra él. Desastre total. Sentí golpes por todos lados y en menos de lo que lo cuento ya me estaban sacando a patadas del bar. Me limpié la sangre que emanaba de mi nariz y me empecé a reír como si hubiera escuchado el mejor de los chistes. -¡Hice lo correcto dios! ¿Y me mandas una paliza?, jajajajaja, ¡ya no sabes reconocer lo bueno de lo malo viejo!- y seguí riendo hasta que salieron Margaret y el tal Javier. Margaret ni me volteó a ver y el tipo sólo me lanzó una mirada fulminante. Vi que el tenía un trapo sobre la cara al parecer con hielo, por aquello de la inflamación supuse. Ojalá que alguno de mis erráticos golpes haya dado en su rostro y mejor aún en su estúpida hombría. Me dio gusto, aunque no me duró mucho pues Margaret ni siquiera me agradeció el gesto de defenderla. Me senté en la acera y saqué un cigarrillo de la bolsa de mi saco. Busqué el encendedor de entre las bolsas de mi pantalón, de mi saco, camisa y nada. Justo detrás de mi escuché el sonido característico de la ignición de un encendedor. Era Estelle ofreciéndome fuego.
Manejas el "suspense" mejor que una novela de televisa, jeje, ya estoy picadísima.¡¡Quiero saber que va a pasar!!
ResponderEliminarATTE
Te prometi leer tu novela, misión cumplida y solo digo; grandes aires de erotismo vs suspenso, me agrada... continua por favor...
ResponderEliminarBy Jane