miércoles, 27 de abril de 2011

Pequeña novela (intitulada). Parte I

    Cuando Estelle entró al bar el tiempo se detuvo. Mientras ella caminaba segura de sí misma, todo el mundo  la miraba, como si se tratara de la joya más bella que jamás se hubiera visto. Bella más que cualquier joya inerte que hubiera tenido que ser pulida para darle su belleza. Pero no a Estelle. Ella siempre había sido bella, al menos eso me parecía. Incluso detrás de su arrogancia, de la arrogancia que acompaña a las mujeres que se saben hermosas y que perciben que a su paso el mundo voltea a verlas. Yo no la vi. Yo estaba ensimismado en mis pensamientos. Lo que había hecho no tenía nombre, y por si fuera poco era un cobarde. Pero para eso están las malas compañías y el alcohol. Mi mano izquierda estaba envuelta en una copa mientras mi mano derecha sostenía un cigarrillo a punto de terminarse. Después de algunos minutos mirando a la nada, sin darme cuenta de lo que sucedía alrededor escuché las notas del piano. Suaves, melancólicas pero capaces de penetrar hasta aquellos oidos recubiertos por piedra o cemento. Pero cuando se escuchó una voz aterciopelada, cándida y sensual a la vez, las notas del piano pasaron a segundo plano. Los grados de alcohol se disiparon un poco y me concentré en aquella voz que me cautivó. La voz salía de una boca de labios finos, delicados como si se hubieran pintado a mano con los trazos más finos. El cabello de aquella mujer se movía como si fueran un velo, con la gracia del cielo mismo estrellado. Estelle lucía un hermoso vestido verde esmeralda que asentuaba a la perfección el color de sus ojos. Al llegar a sus ojos me detuve un buen rato. Parecía cautivado por la voz de Estelle, sin embargo, sus ojos me reflejaron una tristeza profunda. Siguió cantando y a cada canción pensé que aquellos autores con aquellas canciones de amor le habrían escrito a la belleza, a las emociones, a los momentos que hacen que la vida valga la pena. Yo no podría escribir canciones, pensé. Yo sólo podía destruir la vida de las personas, y lo peor de eso es que tenía la habilidad para hacerlo. Era la única cosa que sabía hacer en este mundo. Lo otro que sabía hacer de vez en cuando, pero de manera bastante mediocre era poésía barata y textos cortos para revistas literarias, diarios, y en general cualquier escrito. Vendía letras me decía a mi mismo. Como muchas personas creía que los libros me enseñarían el mundo. La mayoría de ellos me han enseñado la amargura y la tristeza de historias tristes, y creo que esas historias se me han quedado en el subconsciente y parece que las he repetido en mi vida. Los que tienen finales felices me han hecho enojar más pues ahora sé que los finales felices no existen. Sólo existen tramas complejas con personajes complejos con historias que nunca acaban, que se repiten. Cuando recordé esto volví a ver a los ojos a Estelle y pensé que ella era parte de una historia triste. Y peor para ella porque a pesar de tener la belleza de una flor cultivada en el paraíso, por sus ojos se asomaba una triste mujer sola e infeliz. Una flor que todos querían tener un sus manos, como adorno o como parte de un ramo que se presume y se regala pero que se sabe que al poco tiempo se marchitará. Mientras transcurría la noche Estelle seguía cantando sin decir palabra alguna entre las canciones, simplemente se limitaba a cantar. No dirigía la mirada a nadie, supongo que no quería mostrar ere resquicio de su alma. Era lo único que le pertenecía.
     Me dieron ganas de orinar. Traté de caminar lo más firme posible, sin que se notara mi estado de ebriedad. Sin embargo sabía que mi cerebro cobraba factura de la bebida, además estaba en ese maravilloso estado de embriaguez en el que uno se siente atractivo e interesante, y lo mismo pasa con las personas que uno se encuentra a su paso. En resumidas cuentas me sentía un socialité en un bar de segunda clase. Y creía que alguien me reconocería a mi paso, tal vez porque me habrían visto declamando en algún lugar. Claro que inmediatamente me vino la idea a la cabeza de que la gente no va a mis presentaciones. Si yo les dijera la manera en la que han terminado muchas de mis presentaciones seguramente terminarian sintiendo lástima, verían a un tipo de mediana edad con una vida patética sin futuro. En fin, pensarían que estoy acabado a mis 35 años.
Muchas veces me corrieron de bares y cafés literarios. Peleas con los clientes, algunas veces porque les incomodaron mis versos y otras veces porque en mi embriaguez, dedicaba poemas a bellas mujeres, que desgraciadamente solían ir acompañadas. Recuerdo una vez que a medio poema vomité. Pude escuchar como el público expresó el asco hacia ese momento, y hacia mi.
No siempre se me deja decir la poesía que me a mi me gusta, pues siempre es mejor la poesía para enamorados. Si ellos terminan felices probablemente me dejen algún billete. A veces hay que medir al público y si los ánimos son pesados; es decir, hay varios corazones rotos, prefiero incrementar su infelicidad con mis versos. A eso van, me decía a mi mismo, van a sufrir.
Miré alrededor del bar a ver si encontraba algún rostro familiar. En una mesa vi a una mujer que fijó la mirada en mi. De cierta manera sentía una mirada y parecía ser la de ella. Aunque tal vez estaba en un error. Veía doble y me costaba trabajo enfocar la vista. Después de unos segundos me di cuenta que era ella. Después de lo que pasó entre nosotros, ahí estaba Margaret, con otro hombre.

2 comentarios:

  1. Wow!! que hermoso texto amigo!!!


    Andréia

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  2. Me encanto! La narrativa permite recrear la historia en la mente, sin que la satures de detalles. Me gusta como llevas ambas historias, como empiezas a introducir el perfil de Estelle al mismo tiempo que nos das una idea de la personalidad del personaje que narrara. En la parte "mi cerebro cobraba la factura de la bebida", no se porque, pero creo que se asoma tu parte como neurofisiologo, jeje!! Enhorabuena Carlos, esperamos pronto el resto de la trama.

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Gracias por sus comentarios