El calor de la habitación se ha ido tiempo atrás. El silencio se ha vuelto incómodo, casi como un tercero en discordia. Los olores dejaron de transportar los recuerdos de aquellos momentos en los que el mundo parecía detenerse junto con el tiempo, y lo único vivo era su amor, el color de las flores y el brillo del sol.
Sentado en el piso de la alcoba, recargado en la cama, Luca fuma un cigarro y no oculta su tristeza, su mirada sólo ha encontrado refugio en un cuadro surrealista, como su vida misma lo es ahora. Luca es el abandonado, con su casa, su gusto por la comida italiana y sus tardes de lectura de poemas de Pessoa y Benedetti.
Sentada en la vieja mesa de la cocina está Lucía, viendo los restos del desayuno, escuchando su disco favorito de Ella Fitzgerald. Triste, cansada, sin ánimos de levantar la cara siquiera, toma la rosa que está en el florero de la mesa. Se la trajo Luca muy temprano por la mañana, sin embargo; no ha hecho la diferencia en el corazón de Lucía. Lucía es quien abandona, se levanta, toma su maleta de una vez y se dirige a la puerta. Decide no decir más palabras y con otro impulso sale de ese cuarto y de la vida de Luca para siempre. La vida de Luca se volverá un infierno. Es más fácil sentirse abandonado que abandonar. Luca no sabe vivir sin Lucía.
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