miércoles, 12 de junio de 2013

Denisse a los veinte y trece años.

Capítulo 2


Mi madre, siempre tan fuerte, siempre tan resignada, aceptando lo que el mundo le da. Entre sus manos un kleenex desgarrado, húmedo, apretujado con ansías de quién sabe cuánto tiempo. Sumida en su misma posición, su mirada se desvió primero hacia el suelo, luego hacia el techo, seguido por un suspiro hondo y doloroso, que me dolió también. Sé que quería mostrarse fuerte ante mí, que quería demostrarme que estaríamos bien, aunque la verdad es que parecía que se derrumbaría de un momento a otro. Comencé a preocuparme por la salud de mi madre, de sus múltiples enfermedades cobijadas en su hipocondriaca forma de ser. El tiempo pareció detenerse, como si hubiesen pasado horas. De repente, volví a la escena, al momento, al presente, y volví a sentir una pena que comenzaba a alojarse en mi cuerpo lentamente.

-¿Pero cómo pasó? ¿Quién te avisó?- Nuevamente la mente se apodera del momento, cuestiona, indaga.

-Llamaron del hospital, al parecer no le lograron quitar su cartera...date prisa Denisse, tenemos que llegar hoy- sentenció mi madre. A partir de ese momento no recuerdo haberle ordenado a mi cuerpo movimiento alguno. Mi mente sólo reunió algunas escenas del viaje a Monterrey: el aeropuerto,tomar el asiento del avión y ver el despegue... y en un abrir y cerrar de ojos estabamos aterrizando. Mi madre estuvo callada la mayor parte del tiempo, mirando por momentos hacia la ventanilla y otras veces simplemente hacia el asiento de enfrente. En realidad sólo tenía la mirada puesta ahí, aunque yo sabía que su mente se encontraba en muchas partes, hurgando entre las conexiones de sus neuronas, recopilando fechas, acontecimientos y creo que también pensaba en el futuro, principalmente en el mío.

-Bienvenida, que tenga una feliz estancia-, fueron las equivocadas palabras de la sobrecargo. ¿Feliz estancia?

Abordamos un taxi que nos llevaría a la agencia funeraria en donde ya se encontraba el cuerpo de mi padre. De repente una sensación se apoderaba de mi cuerpo por primera vez en mi vida. Una presión en el corazón que se extendía por mi cuerpo y llegaba como humo a mi cabeza. Sin duda se trataba de tristeza, comenzaba a darme cuenta de que nunca volvería a ver vivo a mi padre. Ni siquiera recuerdaba las últimas palabras que me dijo, cúando fue la última vez que paseamos, la última vez que me dijo que era su princesa. Cuando los recuerdos vienen uno a uno, y se confrontan con la imposibilidad del futuro, se encienden por unos instantes aquellos momentos, como escenas proyectadas en la noche...y comienzan a apagarse, a desvanecerse. Uno se aferra a ellas, y trata de verlas, de abrir bien los ojos, trata de alcanzar esas escenas inalcanzables y etéreas. Los sentidos comienzan a extrañar. La mano pesada de mi padre sobre mi cabeza, llevándola de un lado a otro levemente, con la menor fuerza que podía imponer. Sus ojos pequeños pero expresivos con algunas arrugas merodeándolos. Aquella voz grave, lenta y firme, a veces tierna y a veces demasiado fuerte, pero capaz de encontrar las palabras adecuadas para hacerme sentir bien, para contruirme un camino en donde a veces yo sólo veía paredes.
El taxi se detuvo. Abrir la puerta del auto se conviertió en la acción más complicada que jamás pude haber hecho. A la distancia comencé a ver a las personas en traje de luto entrando a la funeraria. Sentí un ligero mareo y después creí que me iba a desmayar. No sé de dónde saqué fuerzas. Inmediatamente después supe que vinieron de la mano de mi madre. Un apretón fuerte de manos antes de salir del taxi. El conductor entendió la situación, pues debió sentir nuestra pena. Callado y paciente se mantuvo por algunos instantes, hasta que decidió bajar y abrirnos la puerta. -En un momento bajo su equipaje-.

Al llegar a la entrada de la sala funeraria, las miradas se posaron sobre mi madre y yo. Supe que la gente esperaba nuestra primera reacción al ver el féretro enfrente de nosotras. No recuerdo si alguien se nos acercó. De verdad no lo recuerdo. Me acerqué sin prisa al féretro. En mi memoria quedará por siempre la imagen del rostro extremadamente blanco de mi padre, de sus manos anchas sobre su pecho. Su traje negro y su corbata favorita. Desee que mi padre abriera de a poco sus ojos, que me volvieran a ver y yo verlos vivos, chispeantes y curiosos. Quería que el tiempo diese marcha atrás y que la ley de la muerte de todos nosotros se vulnerara tan sólo esta vez. Sentí mis lágrimas cayendo una tras otra.
-¡Papito, no te vaya, no me dejes!- le imploré. Tomé las solapas de su traje con ambas manos y le dije "Te amo papá".





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