Carlos A. Cuéllar
I
Tarde de toros
Cuatro de la tarde en punto. La gente se apresura
a ocupar sus asientos en la plaza de toros "La flor". Es un domingo
caluroso de marzo, con un ligero viento que apenas si refrescaba a los agitados
asistentes, expectantes por el cartel que se presentaría en unos minutos más.
En la gradería de “sol" van tomando sus asientos un pequeño grupo de
sombrerudos y una que otra mujer con vestido y tacón alto. Se trata de los más
fervientes seguidores, y por lo tanto, la porra del primero de los alternantes,
el joven novillero José María "Chema" Salvatierra, quien acabara de
triunfar en la fiesta de San Miguel de las Flores hace algunas semanas. Debido
a que "Chema" es originario de San Luis Bellavista, pueblo
tradicionalmente enemistado con los anfitriones, la gente local ha decidido
volcarse a apoyar al segundo espada de la tarde, el también joven, Pablo Díaz
Romero "El gallito". La mayoría de los pobladores de San Francisco
Buenaventura son gente de campo, y por añadidura son de toros. Desde los más
ancianos quienes siguen asistiendo sin falta a las corridas de toros de las
fiestas patronales, en honor a San Francisco de Asís, desde luego, hasta los
pequeños que saliendo de la plaza juegan a ser toreros. Hasta imitan la suerte
principal de la matanza del burel. En la plaza de “La flor” se dan cita los
personajes distinguidos de San Francisco Buenaventura. No puede faltar el
presidente municipal y uno que otro de sus colaboradores más cercanos, quienes
se sientan en primera fila y hasta fuman puro y beben brandy y tequila -discretamente-
para que la gente más aventada del pueblo no les grite uno que otro improperio.
-¡Si trabajaras como bebieras cabrón Obdulio!- le
gritaron una vez desde lo alto de la plaza al presidente municipal, quien se
sonrojaba de inmediato y bajaba el vaso con la bebida de tal manera que no
estuviera a la vista del respetable. No faltaban en la plaza las muchachas más
bellas del pueblo. Las adineradas, hijas de hacendados y de uno que otro
comerciante, ocupaban las primeras filas. A veces acompañadas por los
pretendientes o novios, y otras aún escoltadas por el padre y por los hermanos.
En el resto de las gradas se encuentran los comunes y corrientes: los peones de
las haciendas, los campesinos y los empleados de los trabajadores. Por supuesto
que este grupo tan selecto se deleitaba más que nadie en cada tarde de toros.
Ya sea lanzando una frase a alguno de los pobres personajes del pueblo o alguno
de los toreros y sus cuadrillas. De entre los que se llevaban la peor parte
estaban los picadores, los ganaderos y los monosabios, el juez de plaza y por
supuesto, los matadores. Los músicos de la plaza tampoco se salvaban de los
improperios de los borrachines, pero ya más acostumbrados a la jerga taurina,
se limitaban a cumplir con las demandas de los asistentes:
-¡Músicos trompas de hule!-. La gente reía a carcajadas
y se divertía más allá del espectáculo que presenciaban en el redondel: en
suerte la vida de un hombre, quien arriesgaba en aras del arte, su vida. El
enemigo, un precioso animal que con su sola presencia emanaba bravura, casta y
fortaleza. Los pitones de incluso el más flaco de los bureles parecen una
poderosa arma amenazadora para el envalentonado torero.
Apenas se cumplen cinco minutos después de la
hora pactada y ya comienzan a sonar los acordes de la banda de música que
acompañan a los toreros y a sus respectivas cuadrillas. Los asistentes aplauden
con ánimos a quienes parten plaza haciendo gala de su gallardía y porte. Incluso
los regordetes picadores imponen valor cuando van montados a caballo y portando
sus puyas.
“El chema” y “El gallito” saludan al respetable.
Por un instante sus miradas se cruzan y se miran fijamente. Hay un poco de reto
en ella, un poco de respeto también, aunque lo que predomina es la rivalidad
que se extendía más allá de la fiesta brava. Amigos en la infancia, los
conflictos entre sus pueblos habían terminado por separarlos. Problemas de
tierras y la distribución del agua del
río que divide a las dos comunidades la causa principal.
Aquella rivalidad entre los pobladores tomaba
presencia con el “mano a mano” de esa tarde. Tanto Pablo como José María
sentían que debían jugarse el todo por el todo. Sabían que esta tarde deberían
contar con la suerte de su lado, pero también sabían que debían echar el pecho
por delante y jugarse la vida ante los astados. Sin embargo, había un
ingrediente extra para Pablo. Aquella tarde de domingo, más que ninguna otra, “el
gallito” esperaba demostrar todo su valor y arte a una joven que había visto en
las últimas semanas, algunas veces en las corridas de toros o en las calles
cercanas a la parroquia. Había averiguado por uno de los mozos de la plaza que
aquella hermosa muchacha se llamaba Ana. Hija de Don Julián Almanza, un comerciante
que había llegado hacía poco más de un año a San Francisco Buenaventura. Su
especialidad la siembra del agave, y por lo tanto su negocio tenía cabida en
una región tequilera como a la que había llegado. Ana, su tercera hija, lo
acompañaba a las corridas de toros. Su belleza llamaba la atención de los
pobladores de San Francisco quienes se abstenían de lanzarle piropos porque Don
Julián tenía mal carácter y se sabía de su carácter explosivo. Además, el porte
de aquel hombre impactaba a cualquiera. Bajo la sombra de su sombrero, apenas
se dejaban ver sus pequeños ojos azules. El ceño permanentemente fruncido, la
barba “de candado”, ligeramente más largos los bigotes negros y la corpulencia
de Don Julián lucían tan amenazantes como alguno de los bureles. Ana por el
contrario, tenía siempre un gesto de paz y ternura que conmovía a cualquiera.
Tenía el cabello largo hasta media espalda, ligeramente quebrado, lucía como un
reflejo perfecto de la luz del sol en el color castaño claro de su melena. Unos
finísimos labios apenas coloreados por el rojo carmín, armonizaban con su nariz
pequeña y recta. Cuando sonreía, unos orificios se dibujaban en sus mejillas
ligeramente rosadas. Su piel parecía como una seda fina, blanca y tersa. Su
mirada oculta por unos lentes de sol mantenía la expectativa sobre su mirada. Pablo se preguntaba a menudo
por el color de los ojos de Ana. De cualquier manera, el joven novillero se
había enamorado irremediablemente de la recién llegada al pueblo. A pesar de la
evidente valentía de Pablo, se sentía más nervioso con la idea de hablar con la
chica, que con el duelo frente a los astados. Eso le parecía un buen síntoma.
Nunca se había sentido tan atraído a ninguna de las muchachas de la región, y
vaya que había tenido oportunidad de salir con varias de ellas. Sin embargo,
nunca sintió cómo se le aceleraba el corazón como cuando veía a Ana. Las
piernas parecían no obedecerle y el estómago parecía hacerle la gracia de
querer darse la vuelta ante la presencia de la hermosa mujer. Pablo, quien
desde niño había mostrado cualidades para gustarle a las damas, se sentía
intimidado, por primera vez. Sus ojos verdes y profundos se clavaban en el
rostro de Ana. Una vez la vio venir en la acera, acompañada del brazo de su
padre, y Pablo inmediatamente volteó al aparador de una panadería para ver el
reflejo de su cabello oscuro. Pretendía que luciera como a él le gustaba
llevarlo, peinado de raya al lado y dirigido cautelosamente hacia su cabeza.
Algunos quiebres en sus cabellos más largos le daban un aire bohemio y tierno a
la vez. Su piel morena clara, apenas se veía maltratada por una cicatriz
cercana a la ceja izquierda, producto de un desencuentro con “tequilero”, un
novillo que le había hecho trizas una tarde de agosto. Sería por eso que desde
esa tarde, Pablo acostumbraba a llevar una boina negra ladeada a aquel costado
herido. Sin embargo aquella tarde en la que se encontró con Ana, no portaba su
boina, por lo que sentía cierta inseguridad. A pesar de eso, Pablo se mostró
gallardo y decidió pasar junto a la pareja del Padre y la hija. Menuda
decepción sintió al darse cuenta de que la muchacha no lo volteó a ver. Ni siquiera
sintió el reojo de Ana, ni una ligera intención que le hiciera saber que había
llamado la atención de la chica. Frustración que si bien había desanimado a
Pablo, no se daría por vencido tan fácilmente.
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