domingo, 1 de enero de 2012

Los hábitos de doña Leonor

Un enrarecido aire cálido inunda la habitación de doña Leonor
cada mañana, cada rincón  es poseído por su esencia clara:
olor de menjurjes y secretos de años de  mujer
permean en las carnes de la dama que insiste en probar amor
que pueda revolver la sangre se sus hinchadas venas,
amor que reviva su lengua a veces bífida, traviesa.


De niña fría, ahora es perfecta aleación de tiempo y sentimientos,
enclaustrada por largo tiempo su furia de vivir
ahora se aplaca con infusiones de azahar y agua tibia.
Moja lento su largo y enredado cabello como azabache
y perfuma sus rígidas muñecas con gotas de jazmín.


Nadie lo sabe, a nadie se lo ha contado, pero doña Leonor
se pinta los labios de rojo carmín cada lunes primero de mes,
y se toma una copa de ron a la salud de su preciado honor
de dama, a sus cuarenta y tantos años de historias fraguadas
en un caldo que ella prepara a base de lenta sabiduría y amor
de tía solterona y mujer inalcanzable.



A veces la hace de puta y le guiñe el ojo a don Manuel,
a quien odia por amanezarla con subirle la renta cada mes,
pero doña Leonor sabe que más daño le hace a un hombre
por seducirlo y negarle al mismo tiempo el placer de su carne,
(como hacerse como las nubes: inalcanzables e intangibles)
que al despreciarlo secamente y cortar de tajo su dulce venganza:
la oportunidad de generar en el viejo su falsa pose de templanza.


Leonor sabe lidiar con demonios, sabe hacerse acompañar
por ángeles, por dioses, por chamanes y familiares,
sabe tejer con destreza pero poco cocinar, pues prefiere degustar
un merlot, y anocheceres con invitados a su urgido lecho...
cada vez menos, pero cada vez más caballeros.
Obras de Fernando Botero. Cuando busqué las imágenes que representarían el presente texto, la obra del pintor colombiano me sorprendió por el parecido de la mujer rechoncha a la idea concebida en mi cabeza de mi Leonor. La coincidencia me impactó.

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