Tabasco 2010. Carlos Cuellar
Detrás de tu oreja hay un pequeño orificio por donde se cuela la luz,
y yo aprovecho para darte un beso cerca, tu no te das cuenta.
Escribo tu nombre en el muro de los enamorados, en ese manto azul
lleno de nubes y mañanas, y cuando se hace oscuro lo enciendo con
tu luz, esta vez la de tus ojos claros.
Despertamos juntos en un mundo que creo a veces me engaña,
pues a veces te veo princesa y a veces tu calor me quema
pero siempre a tu lado me alivio.
Un día te escucho y otro día yo te cuento de cosas y casos.
"Amor mío" y "Paloma querida" nos cantamos en un momento íntimo
y después hacemos de desayunar abrazos revueltos con caricias y
para tomar preparamos una taza con sueños de los dos.
Dejamos atrás tantos vientos con aromas y zapatos pasajeros
para un día encontrarnos entre acordes y letras, y en medio los dos.
Recuerdo el día que junté todas las canciones de amor para hacer en una sola
tu cara, mi amor. Pero eso no es posible, no tengo todas, no hay tantas.
Ahora no estamos juntos, pero eso es lo malo de la física, por lo demás que
no puedo explicar pero entiendo te siento aquí junto.
Así pasan los días y con ellos los segundos y lo que es la vida, y tu mi vida
a mi lado.
Me deslumbra un rayo de sol y lo entiendo como señal de tu luz ahora mismo
pensando en los dos. Seguro hasz recibido estas líneas aunque no estés frente al monitor.
Una mañana, al salir de mi casa, me topé con una caja de regalo azul sobre el tapete de la entrada. La tomé entre las manos e, invadida por la curiosidad, entré con ella. La analicé por todos lados, no tenía tarjeta de remitente ni destinatario, sin embargo, algo me aseguraba que era para mí. Entonces decidí abrirla. Lo hice lentamente por si contenía algo que pudiera saltar hacia afuera. Por suerte, nada saltó. En cambio, de ella, salieron, desfilando, charlas muy agradables, puntos de vista en común, risas, música y la chispa que encendió una bonita amistad. Nunca había tenido un regalo parecido, y de inmediato supe, que el sólo hecho de abrir la caja, había cambiado mi vida. Así que, con celo, la guardé y la coloqué donde pudiera verla siempre y me recordara lo maravilloso que fue conocer su contenido. Al día siguiente, a la misma hora, abrí la puerta. Esta vez, la caja era verde. Me asomé al pasillo para buscar al mensajero, pero ya había desaparecido. Entré con la caja verde a mi casa. La abrí de nuevo con cautela. Tal vez de ésta si saldría algo que me alejaría. Para mi sorpresa, fue totalmente lo opuesto. Al abrirla, me envolvió una ola cálida, pues contenía ternura, atención, cuidados, simpatía, y hasta un aire familiar. Este nuevo regalo me capturó aún más que el anterior, y para nunca olvidarme de él y de lo que me había hecho sentir, puse la caja verde junto a la azul y las contemplé, juntas, por un rato. Llegó otra mañana, y esta vez corrí a la puerta en busca del nuevo regalo. Y ahí estaba sobre el tapete, en esta ocasión, la caja era amarilla. Entré con ella a la casa y, con toda la confianza con la que se puede abrir una caja que contiene algo desconocido, la abrí. Como lo supuse, encontré algo que me haría sonreír, pues contenía sinceridad, sencillez, y un cubito de inocencia. Me envolví en este sentimiento todo lo que me fue posible y, al terminar, coloqué la caja amarilla junta a las otras dos. La caja roja que encontré al día siguiente me llenó de orgullo, pues en ella encontré valentía, ambición, trabajo y perseverancia. La caja morada me hizo morir de la risa, pues contenía historias y personajes imaginarios, fantasías, sueños locos, y lugares que sólo existen en mi mente y en la tuya. La rosa estaba rebosante de cariño, de entrega, de besos y caricias, y de emociones que sólo surgen con alguien especial, y, desde que la abrí, no ha pasado un momento en que me sienta sola. Así es como, desde el pasado febrero y hasta hoy, he guardado bien todas las cajas que he recibido. Las he acumulado, con dulzura, una junto a la otra, y ya estoy construyendo con ellas una pared de colores. Ocurre, de vez en cuando, que sobre el tapete, aparece una caja negra. Desde que la veo, no quiero ni acercarme a ella, pues sé que contiene un regalo amargo, ya que trae consigo un olor a mal entendido, a confusión y a reclamos tontos. Sin embargo, la abro, pues, si no lo hago, a mi pared de cajas, le faltarían piezas y terminaría por derrumbarse. Además, sé que, sin falta, al día siguiente, aparecerá una caja plateada, cuyo contenido me llena de calma, pues son palabras suaves y tranquilizadoras, y en el fondo, envuelta en un pedacito de algodón, encuentro la confortable paz de la reconciliación. Así es como corre mi vida a tu lado, Carlos, desde que tuve la fortuna de conocerte. Cada día un hermoso regalo del mensajero invisible, una sorpresa que me gusta, algo nuevo que encuentro en ti y en nosotros, y, mi pared de colores, el recuerdo constante de porqué te quiero tanto.
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