martes, 6 de abril de 2010

El cuento del pinzón y la luna.

                 Había alguna vez un enorme bosque poblado de grandes árboles, unos viejos y algunos retoños, pero todos lucían frondosos y de esta manera el bosque era como una paleta llena de intensos colores verdes que se modificaban a tonos cafés en otoño y a sutiles grises en invierno. Como todos los bosques, éste albergaba una gran variedad de fauna silvestre, entre ésta se encontraba una colonia de pájaros cantores conocidos como pinzones. Entre esta comunidad de aves, se encontraba un pinzón el cual siempre andaba canturreando por doquier, ya sea a alguna pajarilla, a alguna hermosa flor del bosque, al amanecer, a los días lluviosos y así a muchas cosas que le motivaban a cantar con sus mejores notas y  su mejor afinación. Siempre volaba de rama en rama, rara vez por encima del bosque, y como andaba de un lado a otro y cantando todo el día, antes de la puesta del sol se cansaba y terminaba rendido, por lo que rara vez volaba o cantaba por las noches. Un buen día el pinzón volaba casi al anochecer, cansado quería llegar a su nido rápidamente. En su trayecto pasaba sobre un lago y de repente se percato de una hermosa luz que reflejaban las cristalinas aguas, una luz casi redonda, distorsionada por el chisporroteo del agua, pero de un color y belleza que llamó la atención del pinzón. De repente emprendió el vuelo hacia la rama más alta que divisó y se poso en ella. Se dió cuenta que en el cielo, por el cual volaba y se sentía tan libre y tan seguro, estaba algo que nunca había visto, por un momento se asustó y se sintió ajeno, pero de inmediato se sintió atraído por aquella hermosa luna que lucía esplendorosa en aquel manto celeste. Incluso más hermosa que las estrellas que tímidamente comenzaban a asomarse y que  la acompañaban un poco celosas. El pajarillo contempló por un rato a la luna y se le ocurrió cantar para ella, así estuvo por varias horas, hasta que la luna finalmente se escondió en el horizonte. El pinzón se preguntaba por aquella luna hermosa, y pensaba en que tenía que esperar la noche nuevamente para verla, y así lo hizo por varios días, en todos le cantaba y no dejaba de admirarla y de cantarle. Un día un poco triste porque no  tenía respuesta alguna, decidió volar hacia ella. Sin cesar voló en su dirección y cada vez más alto y cada vez le parecía más majestuosa, más impresionante, más hermosa a cada momento. De súbito el pinzón comenzó a sentir un frío que le paralizaba las alas y le impedían seguir volando, le costaba respirar y cada vez más tenía que aletear con mayor fuerza, pero sus intentos resultaban en vano porque no podía batir sus alas como el quería. La luna, compadecida del pequeño pajarillo  le dijo que no intentara volar a ella, porque nunca podría alcanzarla, que su esfuerzo resultaría inútil porque ella se encontraba tan lejos que nadie la había alcanzado; además, ella estaba acostumbrada al canto de muchas aves, a los versos de los poetas de todos los tiempos y además alimentaba los pensamientos de los grandes hombres, y por si fuera poco inflamaba con su luz el corazón de los enamorados. -No intentes volar hacia mi, pues nunca llegarás- le dijo, -vuela hacia otras cosas que te queden más cerca, no me cantes a mi pues a veces no oiré tus cantos- terminó por decirle. El ave en picada, se sentía triste por aquella declaración de la luna, de aquella por las cual se sentía tan feliz y le había hecho cantar tantos días. De golpe, el pinzón se hallaba chocando con las ramas de los árboles y como por instinto comenzó a agitar sus alas hasta que finalmente pudo mantener un ligero vuelo. Por días el pajarillo no salió a cantarle a las cosas hermosas del bosque, pues todo le parecía ahora muy diferente y de menor belleza de aquella luna a la que le cantaba noches enteras. Pensando un día mientras tomaba agua del río, vió su reflejo y se dió cuenta de su naturaleza, cantar era para lo que había nacido y no podía hacer otra cosa, también se dió cuenta de sus alas y de que estaba hecho para volar, a veces a ras de suelo, y otras veces volando tan alto que se sentía libre y feliz, y con todo su ser dispuesto a alcanzar a aquella esfera brillosa del cielo, aunque eso pusiera en peligro su vida. En ese momento quizo seguir cantando por aquella luna, a pesar de la distancia, a pesar de nunca poder alcanzarla, cada noche, a cada momento, pues la felicidad que aquel pinzón sentía al cantarle no se comparaba con alguna otra cosa, no importando si a veces la luna se esconde, si no sale, o si cambia su figura. Siempre estaría allí, noche a noche, por lo que el ave pensaba en  no dejar de cantarle, sin importarle las diferencias, sin importarle las mismas palabras de la luna, porque ahora sentía indispensable cantar para lo más hermoso que jamás había visto. Creía el pinzón que el dejar de intentar volar hacia la luna no era un fracaso, ni había sido un error, si no la experiencia que le había dado la razón de su existencia, que le había hecho volar tan alto, y que le había dado la libertad de elegir lo que debía hacer. El pinzón elegió cantar siempre para la luna.

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