Parecido a la luz de un sueño. Carlos A. Cuellar. Xicotepec de Juárez; Puebla, Méx.
Pude haber perdido muchas cosas, puedo carecer de otras,
mas este mundo que te aloja, que te ha creado, es ganarte un poco
es imaginarnos juntos rompiendo las reglas, venciendo mareas
juntos cada instante, volviendome cuerdo contigo, pareciendo más loco.
Imaginarte, pensarte, es sentirte en tu ausencia, en este vacío de ti,
donde las ganas se queman, donde tu recuerdo las apaga y me consuela
en donde tu sonrisa es un sortilegio y toda la magia que nunca sentí,
vive fuera de este sueño, deja más que tu luz y tu abrigo, algo que no duela.
Qué fácil es vivir a través de tus ojos, entrar en el abrazo más eterno
qué difícil es amanecer sin ti, dejarte atrapada en sueños, culparte de mi desvelo
sentir que me parte cada suspiro, ahogándome en el tiempo sereno
y como cualquier día en el que no estás, que no es, que parece hecho de hielo.
Sonidos de campanas, ecos de tu voz, estrellas en tu pelo y la fantasía de tu cuerpo
así es esta caja de sueños que te guarda con llave, con celo, con mi pulso.
Eres de verdad, de carne y hueso, de lo más bello que se ha sembrado en el campo,
eres mejor así, con tus colores, antes de mi, con todo y todos, conmigo incluso...
Carlos, esto lo escuché hace poco. A lo mejor se te hace conocido...
ResponderEliminarHubo una vez una niña que vivía en una casa a las orillas de un bosque. Estaba sentada en cuclillas, silbando, jugando con el barro que se juntaba, con las lluvias, en la entrada de su casa. De pronto, sintió el peso de una mirada sobre su espalda. Se volvió rápidamente. Su vista se detuvo en una persona, de pie, a la orilla del bosque. Se levantó lentamente y, al acercarse, distinguió la figura de un niño. Sin embargo, este niño parecía distinto. “Acércate” le dijo él con su mano. La niña que, aunque estaba asustada pues había escuchado hablar de fantasmas, era muy curiosa, se levantó y caminó hacia la pequeña figura. El trayecto le pareció eterno. Cuando estuvieron frente a frente, el niño se inclinó hacia ella, buscó su oreja y en ella susurró: “Ven, quisiera mostrarte algo” . En ese instante, la tomó de la mano y se echó a correr, adentrándose en el bosque. Ella se pensó un papalote. Se detuvieron en un punto del bosque que no parecía especial. Cuando lo hicieron, la niña tiró del brazo de su nuevo conocido, llevada por la inercia de la carrera. Él se paró de nuevo frente a ella. “Abre tu boca muy muy grande, quiero ver tu garganta” le dijo. Ella obedeció a quien, hasta entonces, creía un ser fantástico, pues, si algo sabía, era que a los seres sobrenaturales no hay que hacerlos enojar. Abrió su boca muy muy grande y dijo “aaaahhhh” como lo hizo la vez que a su casa, llegó a visitarlos un doctor. Presumió entonces sus amigadalas grandes, rojas como manzanas, que adornaban una campanilla que vibraba como lengua de ave.”Muy bien, ahora ve la mía”, le dijo él y abrió su boca grande grande, también. Ella se inclinó un poco para ver mejor. Al principio todo estaba obscuro. Súbitamente, una luz cruzó de un lado a otro la garganta, dejando un camino iluminado tras de sí, luego cruzó otro, y otro. La niña, maravillada, se inclinó aún más. De la obscuridad surgió, esta vez, una esfera anaranjada, y luego otra azul, ahora una amarilla. ¡Eran planetas y estaban en movimiento! Divisó entonces un punto de luz que, desde el fondo, se acercaba a gran velocidad. Cada vez su brillo se hacía más intenso hasta que llegó un momento en que tuvo que alejarse, pues éste lastimó sus ojos. El niño cerró, entonces, la boca. Ambos quedaron en silencio. La niña se quedó junto a él, inmóvil, intentando entender lo que acababa de ocurrir. Finalmente, el niño se sonrió y rompió el silencio: “Ven, que esto es sólo el comienzo”, él la tomó de nuevo de la mano, y ella, sin poner resistencia, volvió a elevarse por el bosque...