En aquel bar, con el alcohol de invitado recorriendo las gargantas de los comensales, se respiraba una atmósfera de melancolía hasta llegar a tocar a la tristeza. Mesas con manteles guindas y negros, whisky y brandy llenaban las copas, licores que parecía que nunca desaparecían del todo, siempre impregnando con su olor las conversaciones, manipulando suavemente las ideas de aquellos trasnochados de la ciudad.
El bar, gozaba de clientela más o menos sofisticada. Algunos trabajadores del gobierno, de ellos, medianos y uno que otro alto funcionario, artistas como pintores, músicos, poetas, escritores. Concurrido era aquel bar sobre todo en el frío otoño, por las noches que evocaban la nostalgia y que particularmente atraían a las musas e ideas claras a aquellos pensadores, ávidos conversadores de los viernes sobre todo. Yo acostumbraba a ir después de las clases de la Universidad. Era interesante conversar sobre las ideas que se gestaban en las aulas, siempre me atrajo el debate; sin embargo, pocas veces llegabamos a un punto de acuerdo...que si Sartre dijo tal cosa, que si Darwin y su evolución, que si el gobierno saquea al país, que si tal compañera de la clase era la más guapa...en fin, nunca faltaba una buena conversación. En una ocasión, llegando al semi oscuro bar, oliendo a humedad y mezcla de tabaco, alcohol y gente, me percaté de un letrero pequeño, con letras en color negro que anunciaban a una artista invitada, una mujer que se hacía llamar Armida Balek, una pianista que había tenido mucho éxito algunos años atrás, en recitales y conciertos de la Filarmónica de la Universidad, incluso en conciertos como solista, se había ganado el respeto de sus compañeros músicos de la facultad y de muchos universitarios que la reconocían. Yo nunca fui a alguna de sus presentaciones, sin embargo; pero la escuché un par de veces en un programa de radio, de música clásica de la radiodifusora universitaria. Desafortunadamente, después supe que había tenido un accidente en carretera -salió una pequeña nota en la gaceta de la Universidad-. No se supo más de ella en algunos años, o al menos yo no supe de ella, hasta este día que me sorprendió aquel cartel pegado en la entrada del bar. Me dió gusto saber que alquella mujer había vuelto a tocar, pero me sorprendió que lo hiciera en el bar, siendo que no es un foro para alguien que gozó de respeto, y sobre todo en la música clásica. Caminé por los angostos pasillos, esquivando las mesas y uno que otro mesero con sus charolas montadas al hombro. Eché una mirada a las mesas por si me encontraba con algún conocido, pero no vi a nadie que me pareciere familiar, por lo que me procuré una mesa lo más cercano a aquel rincón al fondo del bar acondicionado como escenario. Una pintura que creí identificar como una buena copia de un Tizziano- una pintura de una mujer muy blanca, desnuda, de espaldas y que levemente coquetea con quien mira la pintura- colgaba de la pared central del escenario. Una cortina pesada color rojizo enmarcaba el sitio en donde estaba dispuesto el piano, con la cola de frente al público, lo que me pareció raro porque normalmente el pianista se coloca lateral al auditorio, de tal manera que se pueda observar su ejecución. En fin, que decidí tomarme una copa de merlot, abrí un libro que llevaba conmigo para leer un poco en lo que daba comienzo la presentación de la pianista. Al cabo de una hora más o menos, el lugar ya estaba lleno, un par de amigos llegaron y se sentaron conmigo. Platicábamos del clima, de los últimos escritos de nuestros autores favoritos y no recuerdo de qué más De repente, la música de fondo se dejó escuchar y al escenario subio una mujer con un vestido negro entallado, elegante, contorneaba la figura esbelta y alta de la pianista. Su pelo ligeremente castaño, estaba lo suficientemente peinado para adornar solamente el rostro de simétricas proporciones de aquella mujer blanca, femenina, su olor llegaba hasta mi mesa, en una mezcla de jasmines y hierba como recién cortada. Llevaba unos guantes igualmente negros, que terminaban unos centímetros por debajo del codo, se imaginaban unas manos largas pero muy delgadas. Ella muy solemne subió el par de escalones que dividen al artista y su escenario con el resto del bar. Se acomodó en su sillón y pude notar su rostro, sus ojos grandes pero sin vida, sin ver otra cosa que el piano. Sus labios delgados pintados de color rojo encendido llamaban la atención, como a la espera de que articularan alguna palabra de presentación. Sin embargo no fue así; sólo colocó sus manos en la posición para comenzar a tocar e hizo una pequeña seña con la cabeza,al mismo tiempo que cerró los ojos por un brevísimo instante. Comenzó a tocar, creo yo que algo de Chopin, un vals. En verdad se escuchaba bastante bien y de esa forma no puede hacer otra cosa que entregarme a la interpretación de aquella enigmática mujer. Pasó así tocando una hora aproximadamente, y yo estaba embelezado por su belleza y por su interpretación. Al terminar con su presentación, recibió los cálidos aplausos del público y sólo los agradeció con una precipitada sonrisa, nerviosa, se paró y desapareció del escenario. De repente el corazón se me aceleró, mi respiración se hizo más rápida y superficial. Un presentimiento como pocos me han ocurrido en mi vida. Tenía que hablar con aquella mujer, con aquella pianista. Mientras pensaba qué decirle, me levanté y me dirigí a la barra. Ahí estaba, a la orilla, sosteniendo de forma extraña una copa de globo con vino tinto. Me acerqué de manera torpe -lo admito-, y le dije que su interpretación había sido excelente, que me había emocionado mucho. Comenté algunos detalles qué sabía sobre ella y su pasado, sin mencionar lo del accidente, claro. Al cabo de un tiempo me di cuenta de que había hablado sin parar, y que ella no me había hablado, la única manera de interacción fue una leve sonrisa que al final se transformó en seriedad absoluta. Sentía a esa mujer tan mia de alguna manera, por lo menos por su interpretación. Me aferré a la calidez de su rostro, a su presencia. Sin querer toqué su mano por el dorso. Quedé helado, sentí una rara sensación ajena al tacto de la piel, de una parte humana. Sentí la dureza que se escondía en aquel guante. Ella rápidamente retiró su mano, y bajó la mirada queriendo que llegara al piso, pero sólo encontró aquella barra del bar. Sus ojos se llenaron de lágrimas y su cara reflejaba una tristeza profunda. No supe que decir, ni qué hacer. Ella jaló se quitó el guante levemente y colo ó aquella mano sobre la barra. Si antes me había quedado helado ahora sentía que el mundo se me venía encima, que me caía de un precipicio sin fondo. Una prótesis sobre la barra, perdió la mano en quel accidente. Después, la pianista se levantó y salió deprisa del bar. No espero que aquella hermosa mujer regrese. Después de aquella escena platiqué con el dueño del bar que sabía lo sucedido. Me regaló el disco que se tocó simulando la interpretación de la pianista. En la portada del disco estaba ella. Armida Balek, en el mismo vestido negro, aunque con otro semblante, feliz. En aquellas noches frías, de nostalgia, de soledad, me hago acompañar por el Armida, por su piano, por sus notas, por aquella noche que la conocí y me enamoré de aquella pianista.

Es cierta esa historia, carlos??!! no te lo puedo creer, se me heló la sangre...
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