martes, 26 de mayo de 2009

Cuento. EL PERRO Y EL MENDIGO


Al atardecer en las calles de la ciudad calurosa se encuentran un perro y un vagabundo. Vienen de direcciones contrarias, pero de mundos semejantes. Se identifican por la mendicidad de sus vidas. Se miran, se detienen cansados por la jornada. Huelen los aceites hirvientes en donde la carne y las frituras de los puestos de la calle se mofan del hambre del perro y del vagabundo. No les queda más que compartir el olor de la comida y la sombra de un árbol del parque. Todo a su alrededor es ajeno: las risas y los juegos de los niños, las pláticas, la compañía. A el vagabundo no le importa la cercanía del perro, más aún, este toma confianza y se acerca al vagabundo. Ambos saben el significado de la mendicidad, ambos comparten su libertad. Pasa más de una hora entre el ruido de la ciudad y el perro y el vagabundo se identifican por sus instintos. La noche comienza a advertir el inicio de la huida. El gélido viento y la luna en el horizonte comienzan a amenazar a la gente de las calles. El vagabundo se levanta, mira a su derecha y luego a su izquierda. No decide su rumbo. El perro mira fíjamamente hacia el frente. Todos los rumbos tienen el mismo destino para él. El vagabundo decide irse por la derecha, da unos pasos con la cabeza agachada y voltea a ver al perro. El perro lo mira, jadeante, indeciso, da unos pasos titubeantes hacia el vagabundo y después súbitamente se va por la izquierda. El vagabundo no se sorprende y continua su marcha sin volver a detenerse. Ambos comprenden entonces que la pobreza es cuestión de su destino. Su mendicidad, por otra parte se debe a que no saben estar compartir momentos en la vida con alguien más que con su propia miseria.

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