miércoles, 22 de abril de 2009

La compañía de la soledad




Cuando llego del trabajo, invariablemente en le mano se me ha pegado una botella de licor, llena de tristezas o llena de recuerdos, o de los dos que son lo mismo en mi.
-Buenas noches señora noche-
Antes que nada es cortés saludar a quien comparte el fermento y a quien escucha mis historias y mis ratos cuerdos.
Pero un momento,-¿ha venido acompañada señora noche?-.
De haberlo sabido hubieran sido dos botellas de vino y me hubiera calzado y vestido especialmente para esta ocasión.
-Hubiera lustrado la luz de su farola y hubiera encendido más estrellas señora noche!-.
-Pase usted señora soledad-.
Aunque pareciera que al ser dos y aun tres su presencia es inapropiada, su compañía roba la presencia y su silencio todo colma, bienvenida sea pues.
-¿Qué no me reconoce?, qué no me recuerda?, a estas alturas no es necesario fingir señora, esta charla tediosa no va a parar a ningún lado, y a ningún lado quiero ir a parar-.
-¡Si ya nos conocíamos!¡si ya me ha acompañado, hasta mis huellas escrutar!-.
-No se preocupe ni se sonroje, que ya en esta casa es bienvenida-.
Sabía que había de volver. Ella y yo ya nos entendíamos y hasta supo reconocer mis heridas ahora mismo. Aunque a veces le fue difícil, no olvido aquel día que sin más, con lujo de incredulidad metió la mano en mi tórax izquierdo. Soledad de poca fé. No ha sido gratis nuestro encuentro.
-Agradable ha sido su visita, esta charla sin respuestas, su afable tolerancia a mis tristezas, aunque disculpará usted la diuresis y mi vida marchita-.
-No quisiera correrla pero ya tiene que irse, se lo ruego, que nuestra amiga la noche se ha cansado ya hasta pálida se ha vuelto-.
-No se preocupe que me ha dejado numerosas sístoles marcadas con este encuentro-.
-No es necesario un adiós, pues en su nombre lleva su mala fama y la paradoja de quien la conoce, es usted, a veces, una buena compañía, una buena dama-.

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